viernes, 28 de noviembre de 2025

EL CANTAUTOR, LA CANCIÓN Y LAS EQUIVOCACIONES

A veces, pensaba él, las canciones envejecen peor que los amores. Y eso que el suyo no fue un capricho de verano ni un desliz de madrugada. No. Él creyó, con la inocencia torpe de los que aman por primera vez de verdad, que había encontrado algo eterno. Un amor de esos que salen en las novelas y se quedan viviendo para siempre en algún rincón del pecho, como un huésped ilustre y tu viajando en él.

La canción nació una noche en la que él estaba convencido de que el mundo se había vuelto mejor solo porque ella existía. Habían caminado por las calles vacías del barrio hasta muy tarde, hablando de nada y de todo, con esa urgencia íntima de quienes descubren que tal vez, solo tal vez, han sido destinados el uno para el otro. Cuando ella se quedó dormida en su cama, él la miró con un respeto casi religioso. Luego, en silencio, bajó al bar de la esquina, pidió una cerveza y escribió el primer verso en una servilleta arrugada. Era un verso torpe pero lleno de fe; un verso que contenía todas las promesas que aún no se habían roto.

Durante semanas vivió convencido de que aquel amor iba a sostenerle la vida entera como los cimientos de las más majestuosas edificaciones. Que la canción sería un himno privado, un refugio para los dos. Y a él, pobre iluso, nunca se le ocurrió pensar que la eternidad a veces dura lo que tarda un taxi en arrancar sin que nadie mire atrás ni sospesar las razones de la huida.

Porque se fue. No con un portazo ni una escena melodramática, simplemente se fue. Con esa frialdad suave que tienen las personas que nunca han creído en lo eterno si no en el ahora. Él se quedó mirando el hueco en la cama, la taza de café a medio terminar, el silencio. Y sintió igual que una bofetada lenta, que la servilleta con el verso era ahora el único testigo de su error o amor, o desamor.

Pero siguió cantando. La canción se convirtió en el corazón de su carrera. En los primeros años la interpretaba con una devoción casi litúrgica, como si cada acorde fuese una plegaria dirigida a un altar viejo. Le dolía, pero era un dolor noble; el tipo de dolor que uno lleva con orgullo porque cree que significa algo. Como si aún creyera en que podría haber sido para siempre. 

Hasta que los años le demostraron que la eternidad también puede corroerse.

Con el tiempo, la canción empezó a pesarle. No por ella, sino por lo que él había llegado a creer. Porque cada vez que la cantaba, el público la recibía como si fuese un himno generacional, sin saber que para él era la lápida de un amor que nunca supo morirse del todo o como enterrarlo. Lo peor fue que el mito se hizo más grande que la mujer. Y más grande que él. La muchacha casi desapareció de su memoria, con dificultades la recordaba, pero la canción seguía allí, intacta, fresquísima, como una burla cruel.

Treinta años de repetirla tardó, pero empezó a sentir vergüenza: no por la canción, sino por su antigua fe. ¿Cómo pudo creer que aquello era eterno? ¿Cómo pudo entregar tanto para recibir tan poco? Era como si cada aplauso le recordase su ingenuidad, y cada entrevista reviviera la misma pregunta: ¿Quién era la protagonista?. Él ya no lo sabía. O no quería saberlo.

Una noche, cuarenta años después de haber escrito el verso, subió al escenario de un festival popular. El aire olía a fritanga y a cerveza tibia. Cuando empezaron los primeros acordes, vio en el público el mismo gesto de siempre, esa sonrisa nostálgica, ese brillo de ilusión adolescente que él ya no tenía. Y sintió un cansancio hondo, moral y oscuro, como si de repente cargara con la juventud que nunca recuperaría.

Terminó la canción y comprendió algo devastador, pues no era ella quien lo había condenado. Ni siquiera la canción. Lo había condenado el error, esa fe desmesurada en lo eterno. Y ahora, tantos años después, seguía pagando el precio. ¡Malditos cuentos de princesas! Y maldita moral, por tener que cumplir siempre. 

Salió del escenario con la guitarra colgando del hombro, como un castigo. Pensó que tal vez un día escribiría una canción sin promesas, sin altares, sin condenas. Una canción libre de todo y de todas esas cadenas de mil millones de años.

Pero enseguida sonrió con su ironía reflejada en la mirada, las canciones libres no existen.
Solo existen las que nacen del error. Y él era un experto en equivocarse una y mil veces. 

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