lunes, 26 de enero de 2026

Fregando las pisadas.

 - ¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Tengo el hábito, cuando soy yo quien domina el mando a distancia, de acabar siempre en canales de documentales. La temática me da bastante igual: el abanico es lo suficientemente amplio como para pasar del Antiguo Egipto a la reproducción de la gallina americana o a la cosecha de la lechuga iceberg sin despeinarse.
Una de esas tardes tontas, en uno de esos canales, hablaban del oxígeno y de su poder, valga la redundancia, para oxidarlo todo. Reflexioné.

Quizá por eso, por el oxígeno, o como quien busca una excusa, las relaciones también se oxidan. O tal vez sea el tiempo quien las deteriora y, como sucede con las personas, algunas envejecen mejor que otras. En ese desbarajuste conjunto, la razón y la sinrazón acaban encontrando sentido.
Y a veces, en mi caso, a menudo, uno mete la pata.

Aunque esta vez no fui yo quien la metió, sino un vástago. Pero la mierda, una vez el pie está dentro, huele igual o peor que si la hubiera pisado uno mismo. En la oxidación de las relaciones, los roces gruñen, el orín crea una costra y el aire huele a moho.

Cuando el zapato lleno de mierda sale de la defecación, siempre hay dos opciones: limpiarlo (o tirarlo) o ir enmerdándolo todo por donde pases. Uno puede cometer el error de pisar un zurullo, lo que no hace falta es echar vinagre sobre la herida, sino procurar curarla. Sin olvidar el error, aprendiendo de él y sintiéndolo mucho.

Pero cuando no eres tú quien ha cometido el error, sino un hijo compartido, el asunto se complica. El debate está servido. La moral, esa cosa que cada cual carga y predica como puede, se convierte en un cruce de trincheras, consejos de madre o de padre y viejos proyectiles de antiguas guerras frías volviéndose a lanzar.

Ella sostiene que es peor un beso que un idilio de seis meses sin roce.
Yo pienso justo lo contrario.

Ella dice que no la hemos educado para hacer eso.
Yo creo que de los errores se aprende, y que a veces incluso son sanos y sanadores. Sin que la educación tenga nada que ver.

Ella afirma que la monogamia es un farol y un mal negocio, aunque la defiende si hay acuerdo.
Yo solo sostengo el acuerdo.

. Después de convivir largo tiempo y exigir tardes enteras más sexo en la pareja. Para intentar quitar oxido. Ella reclamando cariño para lo mismo. Y ahora casi por sorpresa, pide libertad para vivir la sexualidad con más énfasis.   

Y entonces la reflexión me estalla en la cabeza como una verdad incómoda:

¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Los zapatos están limpios.
Mi retoño empieza, poco a poco, a aprender a higienizarlos.
Fregando las pisadas. 

Porque, al final, el mismo oxígeno que oxida es el que nos mantiene con vida.

martes, 20 de enero de 2026

Del Rock, el reggaeton y el punk

Gracias al reguetón me he dado cuenta de que me siento más europeo que nunca. No por pasaporte, sino por incomodidad y raciocinio. Porque sigo creyendo que la cultura debe molestarte. Porque me educaron en la sospecha, no en la obediencia ciega. Porque vengo de una tradición que, con todos sus errores, aprendió a desconfiar del aplauso fácil y del mensaje único. Tenemos la historia si la queremos recordar. 

La música también es una forma de educación sentimental. A veces, incluso, de deseducación, una deconstrucción constante. Por eso comparar el rock, el punk y el reguetón no es un ejercicio musical, sino moral. Y, llegado a este punto, casi antropológico. De virtud.

El rock nació con la vocación de incomodar. Hijo bastardo del blues y de la culpa occidental, aprendió pronto a hacerse preguntas: quién soy, contra qué debo luchar y por qué no lo hago, por qué todo esto duele tanto. El rock se permitió el exceso, el ego y la épica, sí, pero también la duda, la autocrítica y el fracaso. No siempre fue revolucionario, pero al menos intentó parecerlo. Pensaba antes de gritar.

El punk, en cambio, decidió que pensar era un lujo cuando todo estaba ardiendo. Y gritó. Gritó contra el sistema, contra la hipocresía, contra el futuro que no llegaba. Fue tosco, maleducado, incómodo, pero profundamente honesto. El punk no embellece nada: señala con el dedo, escupe y se va. No promete felicidad; promete verdad. Aunque duela e irrita.

Y luego llegó el reguetón. Que decir...

El reguetón no grita: babea. No cuestiona: insiste. No incomoda: degrada. Es una música diseñada para no pensar, para repetir hasta que la repetición parezca natural, normal e inexplicablemente banal. Y ahí está el problema. Porque bajo la coartada del ritmo se esconde un discurso machista, denigrante, regresivo y cavernario que ya no provoca escándalo, por sorprendente que nos pueda parecer sino costumbre.

La mujer como objeto. El deseo como dominación o la dominación como deseo que es peor. El cuerpo como mercancía, carne. Todo envuelto en una fiesta eterna donde nadie envejece, nadie reflexiona y nadie pide perdón. Únicamente balbucean. Un mundo sin conflicto porque el conflicto exige palabras, y aquí sobran. Ellas somodizadas completamente. El reguetón no es transgresor: es conservador. No rompe normas; las refuerza. Las más antiguas. Las más tristes y que les gusté?

Lo inquietante no es que exista, sino que se celebre como progreso. Que se venda como liberación algo que huele a cueva, a testosterona rancia y a poder sin matices. Que se aplauda como moderno lo que el rock y el punk llevaban décadas intentando desmontar. i ahora, abrazando a la religión, algo casi tan arcaico como sus discursos. 

El rock y el punk me enseñaron que la música puede ser un lugar donde pensar.
El reguetón, sin quererlo, me ha recordado de dónde vengo.

Y también hacia dónde no quiero ir.

martes, 13 de enero de 2026

Vidas ( 2.026 )

 Tu yo

y mi yo
se conocieron
sin darnos cuenta nosotros.

Todo,
para auxiliarse
por las casualidades
de un destino cruel;
decidieron surgir.

Y así fue
como conmemorar el vosotros,
sin escuchar queja
ni moraleja.

En noches
de invierno y escarcha,
mientras madrugadas de primavera
aguardaban.

Y en una madriguera,
entre la mar y la marea,
tu yo
y mi yo
osaron plantar futuros
y recolectar soles,
sombras incógnitas desveladas
y pasados vividos.

En un transcurrir
a la conciencia.

Mientras nosotros,
sin decírnoslo
y aún sin decidirnos,
lo vivíamos.

Afortunados algunos.