jueves, 26 de febrero de 2026

Adicto fui

 Es curioso. La mayoría de la gente siente una pequeña tristeza cuando termina una cena familiar, una fiesta con amigos o un fin de semana en pareja. Esa especie de bajón que llega cuando se apagan las luces y alguien dice: ¡Bueno, pues ya está!. A mí me ocurre lo contrario. Cuando todo acaba, empiezo yo.

No es que no disfrute. Disfruto, claro. Río, brindo, abrazo. Pero cuando se terminan las vacaciones o la fiesta del pueblo y cada cual regresa a su guarida, experimento una sensación difícil de confesar sin que te miren raro, un alivio. Un alivio limpio, como cuando te quitas unos zapatos que no te hacían daño pero tampoco eran cómodos del todo y nunca lo serán.

El lugar donde vivo, ese espacio que parece esperarme sin exigencias siempre, y la persona que lo comparte conmigo me devuelven a una tranquilidad casi mística. La casa, cuando recupera su volumen normal, respira. Y yo con ella, inspira y expira. Hay una semioscuridad que no es tristeza sino descanso. El comedor cambia de tamaño. El horizonte, inexplicablemente, se aleja unos metros. Coge perspectiva. El mundo baja el volumen.

En el sofá hay un hueco con mi forma exacta. No lo he excavado yo, para nada, se ha hecho solo, como si el cuerpo insistiera siempre en regresar al mismo sitio. Me siento ahí y algunos pensarían que no hago nada. Pero es falso. Hago algo muy interesante, me reencuentro conmigo. Bajo del tren en marcha del mundo y me quedo en el andén viendo cómo pasa el siguiente y a veces otro, y otro, a toda velocidad. No lo detengo. No me subo. Solo lo miro. Y en ese gesto mínimo hay una rehabilitación secreta.

Mentiría si dijera que no necesito el ruido previo para llegar a este silencio. El bullicio es el trampolín. Sin fiesta no hay regreso. Sin despedida no hay sofá. Claro que echo de menos ciertos abrazos, ciertas conversaciones que se alargan hasta que la noche pierde la oscuridad.

Hubo una vez, con una chica a la que llamaré la señora de las noches ganadas, en que esa despedida tenía algo de trampa. El último beso no cerraba nada: abría una puerta. Me iba y, sin embargo, no me iba. Volvía mil veces y cuando conseguía irme, caminaba unos metros y ya estaba regresando en el recuerdo. El sabor de su aliento, ese olor imposible de clasificar, me retenía como una cuerda invisible. No era amor exactamente. Era adicción.

Un adicto fui.

Y lo más extraño es que lo supe cuando por fin pude volver a casa y sentarme en mi sofá.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Contemplar arte (femenino).


 Por allá el 2010 escribí esto: 

 de la belleza del cuerpo de la mujer. 

Quizá por eso, por la fotografía en el blog de la Pequeña Rock & Roll, hoy que el post estaba en los más vistos de la última semana, pensé en lo curioso que es que compartamos la misma arquitectura corporal y, sin embargo, no provoque la misma emoción. Unos pechos femeninos pueden detener la mirada durante una larga e indefinida observación mientras disfrutas del bamboleo suave. Los masculinos, en cambio, pasan desapercibidos, para mi, como si fueran un resto, una firma del origen común que el cuerpo conserva aunque ya no cumpla función.

Si yo supiera pintar, pintar bien me refiero, probablemente podría dedicarme únicamente a pintar pechos de mujer: las curvas suaves, la gravedad, la piel que no es exactamente color sino luz, el brillo el pezón y casi no me daría cuenta de nada más que el universo infinito sin descifrar que en ellos habita. Y puede que nadie se extrañaría. Forman parte de la tradición del arte desde que el primer escultor entendió que la piedra también podía ser carne y consiguió reflejarlo con maestría.


Pero si alguien pintara exclusivamente el pecho de un hombre, no sé que pensaría quien me conoce primeramente y si a más, aislara el resto del cuerpo, la gente no entendería el motivo, racionalmente. Necesitaría el conjunto, el gesto, la postura, y sobre todo, el héroe entero igual que un atleta griego, seguramente para encontrar sentido. 

Y entonces la cuestión deja de ser biológica y pasa a ser estética.


La belleza no está sólo en lo que vemos con los ojos, sino en cómo estamos educados en mirar. El arte ha enseñado durante siglos a contemplar el cuerpo femenino como símbolo de fertilidad, de vida, de origen y de refugio. El masculino, en cambio, casi siempre ha sido en la narrativa, acción, fuerza, movimiento. Uno se contempla y el otro se interpreta.

Por eso creo que, más que una superioridad de un cuerpo sobre otro, existe una diferencia en la relación que tenemos con ellos. El cuerpo femenino nos remite al inicio de los tiempos y al nuestro propio, a algo anterior incluso a nuestra memoria. El masculino nos remite al individuo, al personaje, a la historia. Uno pertenece al mundo y el otro, al relato.

Quizá no es que un cuerpo sea más bello que otro. O sí.


Quizá sea que uno nos recuerda de dónde venimos, y el otro quién quieran que seamos.

Y al final, cuando decimos que contemplamos belleza, lo que realmente buscamos no es piel, sino significado. No queremos ver un cuerpo, queremos reconocernos en él. Porque el arte nunca ha sido mirar desnudos. Ha sido intentar comprender, a través de ellos, qué somos. 

Tal y como termine el primero, mujeres del mundo, desnúdense.  

lunes, 9 de febrero de 2026

Del ICE de Björk al ICE de Trump

 

Hace unos veinte años una amiga que nunca quiso ser novia, me regaló un disco de Björk. Recuerdo bien la sorpresa: aquel universo sonoro frío, áspero, casi cortante, me hizo pensar en el hielo no solo como paisaje, al escucharlo varias veces, sino como estado de ánimo. El ICE como metáfora: belleza, distancia, una cierta crueldad estética que no pide permiso, algo puro y cristalino. Entonces no lo sabía, pero con el tiempo esa idea del hielo se me reactivaría no escuchando música, sino mirando la realidad.

Hoy, cuando oigo hablar del ICE, no puedo evitar pensar en las películas del viejo oeste. Aquellas en las que la ley era una estrella metálica prendida en el pecho y la justicia salía directamente a fuego de una pistola, sin demasiadas preguntas, ni denuncias ni investigación, tampoco hacen falta los testigos ni lo peritos. En ese mundo, cualquiera podía ser juez si iba armado y tenía suficiente determinación, ambición o poca humanidad -o suficiente rabia- para disparar primero. El bien y el mal no pasaban por tribunales: se resolvían a tiros, entre polvo, silencio y miradas retorcidas.

Lo inquietante es darse cuenta de que, visto con cierta distancia, la sociedad norteamericana quizá no ha cambiado tanto. Ha cambiado el decorado, ya no hay salones, ni caballos atados a la puerta, las calles están asfaltada y todos los malos, curiosamente, llevan chalecos antibalas, pero persiste una misma lógica de fondo, confundir fuerza con legitimidad y utilizarla sin dudar o reflexionar. Ayer era el revólver y una placa de sheriff, hoy con el uniforme, una pick-up, armados hasta los dientes y el poder del Estado ejercido con mentalidad de frontera y totalitarismo absoluto. Cuando la pistola era justicia, cualquiera era juez. Cuando la autoridad actúa sin matices ni contexto, el mecanismo mental no es tan distinto ni alejado.

En el viejo oeste la ley llegaba temprano y mal y los jueces tarde y peor, y por eso se imponía la ley del más fuerte. El problema es que, unos siglos después, el relato parece repetirse con herramientas más modernas pero con una filosofía parecida: una sociedad que sigue mitificando la violencia como solución rápida y que acepta, con demasiada facilidad, que el miedo funcione como argumento político para instaurar el pensamiento retrogrado igual que una fe perpetrada siempre des del poder, por el poderoso y para los pudientes.

Quizá por eso aquel disco de Björk vuelve, simbólicamente, a mi cabeza. El hielo puede ser hermoso, puro y cristalino, pero también es implacable. Y cuando una sociedad se enfría demasiado, cuando sustituye la empatía por procedimientos automáticos y la justicia por la fuerza, sin una mayoría social incapaz de unirse, el riesgo no es solo congelarse, es acabar quebrándose.

viernes, 6 de febrero de 2026

Tu melena

 

Vivimos encerrados en un ascensor. Interior y sin ventanas. A veces no percibimos si asciende, cae o decae.  

Cuando uno es joven quiere ser mayor. No por ambición, sino por cansancio. Cansancio de no ser tomado en serio, de que le pregunten la edad como si fuera una disculpa, de vivir en una especie de prólogo interminable. Ser mayor, para un joven, es llegar por fin al texto principal. Tener derecho a opinar sin que alguien piense que es una ocurrencia.

Luego uno se hace mayor y ocurre lo contrario: empieza a mirar hacia atrás como quien revisa un álbum ajeno. La juventud aparece entonces como una habitación que se cerró sola, sin despedidas, y a la que ya no se puede volver, salvo en sueños, añoranzas o en reflejos inesperados de un escaparate mal iluminado. Quizás siempre deseas volver al pasado por el saber de que el tiempo no cesa y el miedo, o por melancolía de no haber aprovechado cada segundo.

Hay señales externas de todo esto, pequeñas pistas que el cuerpo va dejando, como migas de pan. El pelo, por ejemplo. Las muchachas jóvenes suelen llevarlo largo, larguísimo, como si aún hubiera tiempo de sobra, como si la vida no tuviera prisa o como si fuera el tiempo que les queda. El cabello cae por la espalda con una naturalidad insolente igual que su juventud, sin pensar en el cuello, ni en el calor, ni en la logística del día a día. Es un pelo que todavía no ha aprendido a estorbar y parece y arapece salvaje.

Las abuelas, en cambio, llevan el pelo corto. ¡Siempre, todas! Nunca por estética, por sabiduría. Han entendido que la cabeza está para pensar y no para cargar recuerdos. El pelo corto es una forma de orden, una declaración práctica: ya no hace falta adornar lo que ha sido vivido.

Y luego están las mujeres de mediana edad, con su media melena. Esa longitud incierta, ni larga ni corta, como una frase que duda antes del párrafo final. La media melena es el peinado de la transición, del todavía o del ya veremos. No renuncia del todo a la juventud, pero empieza a negociar con el futuro. Es un acuerdo tácito con el espejo. Un transcurrir en el asumir que la juventud se cae por los años y lo demás por la gravedad y en el otro lado de la moneda el conocimiento adquirido.

Tal vez no sea casual ni razonado, pero puede que el pelo sea una metáfora que se nos escapa. Cuando somos jóvenes, queremos crecer, estirarnos, llegar lejos. Cuando somos mayores, queremos aligerar. Quitarnos peso. Y en medio, cuando creemos estar en equilibrio, vivimos en esa longitud exacta que no molesta demasiado, pero tampoco entusiasma, algo práctico.

Al final, uno pasa la vida queriendo ser lo que no es en ese momento. Y quizá madurar consista en aceptar que el deseo siempre va un paso por delante o por detrás, por muy adentro que lo sintamos, como el pelo cuando crece o cuando cae, recordándonos que el tiempo no se detiene, pero sí peina. A su manera. O se deja al viento.

Algún día hablaré del crecer de los hombres. Bien, crecer, a veces únicamente envejecer.  

lunes, 26 de enero de 2026

Fregando las pisadas.

 - ¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Tengo el hábito, cuando soy yo quien domina el mando a distancia, de acabar siempre en canales de documentales. La temática me da bastante igual: el abanico es lo suficientemente amplio como para pasar del Antiguo Egipto a la reproducción de la gallina americana o a la cosecha de la lechuga iceberg sin despeinarse.
Una de esas tardes tontas, en uno de esos canales, hablaban del oxígeno y de su poder, valga la redundancia, para oxidarlo todo. Reflexioné.

Quizá por eso, por el oxígeno, o como quien busca una excusa, las relaciones también se oxidan. O tal vez sea el tiempo quien las deteriora y, como sucede con las personas, algunas envejecen mejor que otras. En ese desbarajuste conjunto, la razón y la sinrazón acaban encontrando sentido.
Y a veces, en mi caso, a menudo, uno mete la pata.

Aunque esta vez no fui yo quien la metió, sino un vástago. Pero la mierda, una vez el pie está dentro, huele igual o peor que si la hubiera pisado uno mismo. En la oxidación de las relaciones, los roces gruñen, el orín crea una costra y el aire huele a moho.

Cuando el zapato lleno de mierda sale de la defecación, siempre hay dos opciones: limpiarlo (o tirarlo) o ir enmerdándolo todo por donde pases. Uno puede cometer el error de pisar un zurullo, lo que no hace falta es echar vinagre sobre la herida, sino procurar curarla. Sin olvidar el error, aprendiendo de él y sintiéndolo mucho.

Pero cuando no eres tú quien ha cometido el error, sino un hijo compartido, el asunto se complica. El debate está servido. La moral, esa cosa que cada cual carga y predica como puede, se convierte en un cruce de trincheras, consejos de madre o de padre y viejos proyectiles de antiguas guerras frías volviéndose a lanzar.

Ella sostiene que es peor un beso que un idilio de seis meses sin roce.
Yo pienso justo lo contrario.

Ella dice que no la hemos educado para hacer eso.
Yo creo que de los errores se aprende, y que a veces incluso son sanos y sanadores. Sin que la educación tenga nada que ver.

Ella afirma que la monogamia es un farol y un mal negocio, aunque la defiende si hay acuerdo.
Yo solo sostengo el acuerdo.

. Después de convivir largo tiempo y exigir tardes enteras más sexo en la pareja. Para intentar quitar oxido. Ella reclamando cariño para lo mismo. Y ahora casi por sorpresa, pide libertad para vivir la sexualidad con más énfasis.   

Y entonces la reflexión me estalla en la cabeza como una verdad incómoda:

¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Los zapatos están limpios.
Mi retoño empieza, poco a poco, a aprender a higienizarlos.
Fregando las pisadas. 

Porque, al final, el mismo oxígeno que oxida es el que nos mantiene con vida.