Ayer volví a salir en la bicicleta de carretera, no para llegar a ningún sitio, sino para alejarme un poco de mí mismo. A veces me doy miedo. O acaso para encontrarme, aún no lo sé. Porque uno nunca sabe si cuando avanza huye o regresa.
Pedaleaba entre los árboles, respirando aquel silencio del bosque que no es silencio, sino una conversación que nosotros, por ir demasiado deprisa, casi nunca alcanzamos a escuchar. Un susurro. Subía lentamente igual que siempre. Muy lentamente casi cómo nunca. Y fue precisamente mi poca velocidad, esa lentitud buscada, que tantas veces maldigo cuando tengo la necesidad de ir deprisa contra mi mismo, la que me permitió verlo.
En medio de la carretera había un pequeño gusano. Una oruga insignificante que avanzaba sin saber adónde iba, aunque tal vez la vida sí lo supiera por ella. Podía haberla aplastado. Habría bastado un segundo, unos centímetros, un descuido. Pero la vi. Y quizá por sensibilidad, quizá porque subía tan despacio que hasta los gusanos tenían tiempo de apartarse de mi destino, giré la rueda y la esquivé. ¡Me debes la vida! le grité
Continué pedaleando, pero ya no era el mismo.
Aquella criatura quedó atrás, arrastrándose sobre el asfalto, ignorante de que acababa de salvarse. No supo que mi rueda pudo ser su muerte, ni que mi lentitud fue, por un instante, su salvación. Y yo pensé que, si nada cambia, si ningún coche, ningún pájaro ni ninguna otra desgracia se cruzan en su camino, llegará un día en que deje de arrastrarse y se convertirá en mariposa.
Pero ¿Cuántas mariposas mueren antes de llegar a serlo?
La vida puede cambiar en un instante. Un gesto, una rueda, una llamada, una enfermedad, una decisión tomada apenas un segundo antes o después. A menudo ni por nosotros. Y de pronto ya no alcanzamos aquello que la vida parecía tenernos preparado. No llegamos al lugar al que nos dirigíamos. No somos la persona que quizá habríamos llegado a ser.
Tal vez vivir consista en eso: en avanzar hacia una forma que todavía desconocemos, como la oruga que no sabe que lleva unas alas dentro. ¿Todos guardamos una mariposa posible? Una promesa que puede cumplirse o quedar para siempre tendida en mitad del camino.
Seguí subiendo, despacio, con esa torpeza que tantas veces me impacienta. Pero aquel día agradecí mi lentitud. Porque gracias a ella una vida pudo continuar su viaje. O eso creo. Y acaso algún día, en algún rincón del bosque, una mariposa levantará el vuelo sin saber que una bicicleta, por muy poco, no le arrebató su destino.
Vivir sin duda es tener vivencias.
Bendita lentitud de vida.