lunes, 9 de febrero de 2026

Del ICE de Björk al ICE de Trump

 

Hace unos veinte años una amiga que nunca quiso ser novia, me regaló un disco de Björk. Recuerdo bien la sorpresa: aquel universo sonoro frío, áspero, casi cortante, me hizo pensar en el hielo no solo como paisaje, al escucharlo varias veces, sino como estado de ánimo. El ICE como metáfora: belleza, distancia, una cierta crueldad estética que no pide permiso, algo puro y cristalino. Entonces no lo sabía, pero con el tiempo esa idea del hielo se me reactivaría no escuchando música, sino mirando la realidad.

Hoy, cuando oigo hablar del ICE, no puedo evitar pensar en las películas del viejo oeste. Aquellas en las que la ley era una estrella metálica prendida en el pecho y la justicia salía directamente a fuego de una pistola, sin demasiadas preguntas, ni denuncias ni investigación, tampoco hacen falta los testigos ni lo peritos. En ese mundo, cualquiera podía ser juez si iba armado y tenía suficiente determinación, ambición o poca humanidad -o suficiente rabia- para disparar primero. El bien y el mal no pasaban por tribunales: se resolvían a tiros, entre polvo, silencio y miradas retorcidas.

Lo inquietante es darse cuenta de que, visto con cierta distancia, la sociedad norteamericana quizá no ha cambiado tanto. Ha cambiado el decorado, ya no hay salones, ni caballos atados a la puerta, las calles están asfaltada y todos los malos, curiosamente, llevan chalecos antibalas, pero persiste una misma lógica de fondo, confundir fuerza con legitimidad y utilizarla sin dudar o reflexionar. Ayer era el revólver y una placa de sheriff, hoy con el uniforme, una pick-up, armados hasta los dientes y el poder del Estado ejercido con mentalidad de frontera y totalitarismo absoluto. Cuando la pistola era justicia, cualquiera era juez. Cuando la autoridad actúa sin matices ni contexto, el mecanismo mental no es tan distinto ni alejado.

En el viejo oeste la ley llegaba temprano y mal y los jueces tarde y peor, y por eso se imponía la ley del más fuerte. El problema es que, unos siglos después, el relato parece repetirse con herramientas más modernas pero con una filosofía parecida: una sociedad que sigue mitificando la violencia como solución rápida y que acepta, con demasiada facilidad, que el miedo funcione como argumento político para instaurar el pensamiento retrogrado igual que una fe perpetrada siempre des del poder, por el poderoso y para los pudientes.

Quizá por eso aquel disco de Björk vuelve, simbólicamente, a mi cabeza. El hielo puede ser hermoso, puro y cristalino, pero también es implacable. Y cuando una sociedad se enfría demasiado, cuando sustituye la empatía por procedimientos automáticos y la justicia por la fuerza, sin una mayoría social incapaz de unirse, el riesgo no es solo congelarse, es acabar quebrándose.

viernes, 6 de febrero de 2026

Tu melena

 

Vivimos encerrados en un ascensor. Interior y sin ventanas. A veces no percibimos si asciende, cae o decae.  

Cuando uno es joven quiere ser mayor. No por ambición, sino por cansancio. Cansancio de no ser tomado en serio, de que le pregunten la edad como si fuera una disculpa, de vivir en una especie de prólogo interminable. Ser mayor, para un joven, es llegar por fin al texto principal. Tener derecho a opinar sin que alguien piense que es una ocurrencia.

Luego uno se hace mayor y ocurre lo contrario: empieza a mirar hacia atrás como quien revisa un álbum ajeno. La juventud aparece entonces como una habitación que se cerró sola, sin despedidas, y a la que ya no se puede volver, salvo en sueños, añoranzas o en reflejos inesperados de un escaparate mal iluminado. Quizás siempre deseas volver al pasado por el saber de que el tiempo no cesa y el miedo, o por melancolía de no haber aprovechado cada segundo.

Hay señales externas de todo esto, pequeñas pistas que el cuerpo va dejando, como migas de pan. El pelo, por ejemplo. Las muchachas jóvenes suelen llevarlo largo, larguísimo, como si aún hubiera tiempo de sobra, como si la vida no tuviera prisa o como si fuera el tiempo que les queda. El cabello cae por la espalda con una naturalidad insolente igual que su juventud, sin pensar en el cuello, ni en el calor, ni en la logística del día a día. Es un pelo que todavía no ha aprendido a estorbar y parece y arapece salvaje.

Las abuelas, en cambio, llevan el pelo corto. ¡Siempre, todas! Nunca por estética, por sabiduría. Han entendido que la cabeza está para pensar y no para cargar recuerdos. El pelo corto es una forma de orden, una declaración práctica: ya no hace falta adornar lo que ha sido vivido.

Y luego están las mujeres de mediana edad, con su media melena. Esa longitud incierta, ni larga ni corta, como una frase que duda antes del párrafo final. La media melena es el peinado de la transición, del todavía o del ya veremos. No renuncia del todo a la juventud, pero empieza a negociar con el futuro. Es un acuerdo tácito con el espejo. Un transcurrir en el asumir que la juventud se cae por los años y lo demás por la gravedad y en el otro lado de la moneda el conocimiento adquirido.

Tal vez no sea casual ni razonado, pero puede que el pelo sea una metáfora que se nos escapa. Cuando somos jóvenes, queremos crecer, estirarnos, llegar lejos. Cuando somos mayores, queremos aligerar. Quitarnos peso. Y en medio, cuando creemos estar en equilibrio, vivimos en esa longitud exacta que no molesta demasiado, pero tampoco entusiasma, algo práctico.

Al final, uno pasa la vida queriendo ser lo que no es en ese momento. Y quizá madurar consista en aceptar que el deseo siempre va un paso por delante o por detrás, por muy adentro que lo sintamos, como el pelo cuando crece o cuando cae, recordándonos que el tiempo no se detiene, pero sí peina. A su manera. O se deja al viento.

Algún día hablaré del crecer de los hombres. Bien, crecer, a veces únicamente envejecer.  

lunes, 26 de enero de 2026

Fregando las pisadas.

 - ¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Tengo el hábito, cuando soy yo quien domina el mando a distancia, de acabar siempre en canales de documentales. La temática me da bastante igual: el abanico es lo suficientemente amplio como para pasar del Antiguo Egipto a la reproducción de la gallina americana o a la cosecha de la lechuga iceberg sin despeinarse.
Una de esas tardes tontas, en uno de esos canales, hablaban del oxígeno y de su poder, valga la redundancia, para oxidarlo todo.

Quizá por eso, por el oxígeno, o como quien busca una excusa, las relaciones también se oxidan. O tal vez sea el tiempo quien las deteriora y, como sucede con las personas, algunas envejecen mejor que otras. En ese desbarajuste conjunto, la razón y la sinrazón acaban encontrando sentido.
Y a veces, en mi caso, a menudo, uno mete la pata.

Aunque esta vez no fui yo quien la metió, sino un vástago. Pero la mierda, una vez el pie está dentro, huele igual o peor que si la hubiera pisado uno mismo. En la oxidación de las relaciones, los roces gruñen, el orín crea una costra y el aire huele a moho.

Cuando el zapato lleno de mierda sale de la defecación, siempre hay dos opciones: limpiarlo (o tirarlo) o ir enmerdándolo todo por donde pases. Uno puede cometer el error de pisar un zurullo, lo que no hace falta es echar vinagre sobre la herida, sino procurar curarla. Sin olvidar el error, aprendiendo de él y sintiéndolo mucho.

Pero cuando no eres tú quien ha cometido el error, sino un hijo compartido, el asunto se complica. El debate está servido. La moral, esa cosa que cada cual carga y predica como puede, se convierte en un cruce de trincheras, consejos de madre o de padre y viejos proyectiles de antiguas guerras frías volviéndose a lanzar.

Ella sostiene que es peor un beso que un idilio de seis meses sin roce.
Yo pienso justo lo contrario.

Ella dice que no la hemos educado para hacer eso.
Yo creo que de los errores se aprende, y que a veces incluso son sanos y sanadores. Sin que la educación tenga nada que ver.

Ella afirma que la monogamia es un farol y un mal negocio, aunque la defiende si hay acuerdo.
Yo solo sostengo el acuerdo.

. Después de convivir largo tiempo y exigir tardes enteras más sexo en la pareja. Para intentar quitar oxido. Ella reclamando cariño para lo mismo. Y ahora casi por sorpresa, pide libertad para vivir la sexualidad con más énfasis.   

Y entonces la reflexión me estalla en la cabeza como una verdad incómoda:

¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?

Los zapatos están limpios.
Mi retoño empieza, poco a poco, a aprender a higienizarlos.
Fregando las pisadas. 

Porque, al final, el mismo oxígeno que oxida es el que nos mantiene con vida.

martes, 20 de enero de 2026

Del Rock, el reggaeton y el punk

Gracias al reguetón me he dado cuenta de que me siento más europeo que nunca. No por pasaporte, sino por incomodidad y raciocinio. Porque sigo creyendo que la cultura debe molestarte. Porque me educaron en la sospecha, no en la obediencia ciega. Porque vengo de una tradición que, con todos sus errores, aprendió a desconfiar del aplauso fácil y del mensaje único. Tenemos la historia si la queremos recordar. 

La música también es una forma de educación sentimental. A veces, incluso, de deseducación, una deconstrucción constante. Por eso comparar el rock, el punk y el reguetón no es un ejercicio musical, sino moral. Y, llegado a este punto, casi antropológico. De virtud.

El rock nació con la vocación de incomodar. Hijo bastardo del blues y de la culpa occidental, aprendió pronto a hacerse preguntas: quién soy, contra qué debo luchar y por qué no lo hago, por qué todo esto duele tanto. El rock se permitió el exceso, el ego y la épica, sí, pero también la duda, la autocrítica y el fracaso. No siempre fue revolucionario, pero al menos intentó parecerlo. Pensaba antes de gritar.

El punk, en cambio, decidió que pensar era un lujo cuando todo estaba ardiendo. Y gritó. Gritó contra el sistema, contra la hipocresía, contra el futuro que no llegaba. Fue tosco, maleducado, incómodo, pero profundamente honesto. El punk no embellece nada: señala con el dedo, escupe y se va. No promete felicidad; promete verdad. Aunque duela e irrita.

Y luego llegó el reguetón. Que decir...

El reguetón no grita: babea. No cuestiona: insiste. No incomoda: degrada. Es una música diseñada para no pensar, para repetir hasta que la repetición parezca natural, normal e inexplicablemente banal. Y ahí está el problema. Porque bajo la coartada del ritmo se esconde un discurso machista, denigrante, regresivo y cavernario que ya no provoca escándalo, por sorprendente que nos pueda parecer sino costumbre.

La mujer como objeto. El deseo como dominación o la dominación como deseo que es peor. El cuerpo como mercancía, carne. Todo envuelto en una fiesta eterna donde nadie envejece, nadie reflexiona y nadie pide perdón. Únicamente balbucean. Un mundo sin conflicto porque el conflicto exige palabras, y aquí sobran. Ellas somodizadas completamente. El reguetón no es transgresor: es conservador. No rompe normas; las refuerza. Las más antiguas. Las más tristes y que les gusté?

Lo inquietante no es que exista, sino que se celebre como progreso. Que se venda como liberación algo que huele a cueva, a testosterona rancia y a poder sin matices. Que se aplauda como moderno lo que el rock y el punk llevaban décadas intentando desmontar. i ahora, abrazando a la religión, algo casi tan arcaico como sus discursos. 

El rock y el punk me enseñaron que la música puede ser un lugar donde pensar.
El reguetón, sin quererlo, me ha recordado de dónde vengo.

Y también hacia dónde no quiero ir.

martes, 13 de enero de 2026

Vidas ( 2.026 )

 Tu yo

y mi yo
se conocieron
sin darnos cuenta nosotros.

Todo,
para auxiliarse
por las casualidades
de un destino cruel;
decidieron surgir.

Y así fue
como conmemorar el vosotros,
sin escuchar queja
ni moraleja.

En noches
de invierno y escarcha,
mientras madrugadas de primavera
aguardaban.

Y en una madriguera,
entre la mar y la marea,
tu yo
y mi yo
osaron plantar futuros
y recolectar soles,
sombras incógnitas desveladas
y pasados vividos.

En un transcurrir
a la conciencia.

Mientras nosotros,
sin decírnoslo
y aún sin decidirnos,
lo vivíamos.

Afortunados algunos.