jueves, 23 de julio de 2026

De paso

 ¿Dónde mueren los besos que no hemos dado,

Cuando quedan en el vacío de dos realidades?

Es un poema viejo. Que escribí cualquier día del 2.013. Hoy, cambiaria por: ¿Dónde yacen los besos que no hemos dado, cuando quedan en el vacío de dos realidades?

Y es, ese lugar inexistente entre la verdad y lo ocurrido o la imaginación y las ganas, dónde a menudo y sin saberlo nuestra conciencia habita y transita. En el devenir de allí a aquí. Y el camino a menudo es tan oscuro, da tanto miedo y hay tantos monstruos que procuramos hacerlo a prisas. En otras ocasiones las luces, el ruido y el estruendo lo hacen parecido a las ferias de antaño, con olor a nubes de azúcar i aceite de noria y a sol de tarde de verano. Y nos quedamos cautivados por unas vivencias que no ocurrirán más que en esa creación hecha por y para nosotros mismos igual que un traje a medida. Y, aunque muchas veces nos hablemos igual como si aconsejáramos a un buen amigo, la adicción a saborear lo que no probaremos en la realidad que nos ha tocado vivir, vence la batalla de la escucha.

De paso. Sólo estamos de paso. Aquí y allí.    

miércoles, 1 de julio de 2026

En las noches de verano. (Versión 2026)

 El verano es una mala estación para dormir. El calor untuoso estorba el descanso y todo se vuelve más pegajoso: las sábanas, la compañía, la noche, el desvelo, la incomodidad.

Seguramente por eso, ayer, a medianoche, me desperté. Duermo sin estar del todo dormido, en un estado suspendido entre la conciencia y la somnolencia, sin llegar nunca a caer en la profundidad del sueño. Siempre estoy a punto de despertar.

Tener las ventanas abiertas y vivir a ras de calle tampoco ayuda a dormir tranquilo. No es que sea un miedoso, pero me jodería levantarme una mañana y descubrir que falta algo de valor.

Debían de ser las tres o las cuatro cuando un ruido me hizo incorporarme de golpe. Venía de abajo, del comedor.

Como nunca me han gustado las armas, bajé con lo puesto: un pijama de verano, una camiseta de propaganda y una cara de falta de sueño considerable.

Fui descendiendo las escaleras procurando no hacer ruido. Si había alguien, prefería sorprenderlo antes de que fuera él quien me sorprendiera a mí.

Entré en el comedor y me di cuenta de que las noches de verano parecen mucho menos oscuras que las de invierno. Miré a un lado, al otro… nada.

Entré en la cocina. Repetí la misma estrategia. Nada.

Empecé a revisar cada rincón, cada vez un poco más acojonado. En aquel improvisado juego del escondite, él iba ganando. Pero seguía sin aparecer nadie.

Cuando terminé el registro, después de hacer un rato de guardia por si acaso y de recuperar las suficientes ganas de dormir como para volver a la cama, decidí subir de nuevo.

Y fue entonces cuando apareció.

No era ni muy alto ni muy bajo; ni muy delgado ni muy gordo; ni especialmente guapo ni especialmente feo. No parecía rico ni pobre. Vestía de una manera completamente corriente. En definitiva, era lo que cualquiera definiría como una persona normal.

Y no sé, en realidad, qué demonios significa ser normal. Pero, si tuviera que describirlo de algún modo, ese sería el más justo.

—¿Qué hace usted aquí? —le pregunté.

—Soy Dios —respondió.

—Pues con más razón —insistí.

—He venido a anunciarle algo.

—Es que yo… soy ateo. Puede irse por donde ha venido.

Sin embargo, la curiosidad pudo conmigo. Como casi siempre.

—Déjeme contarle algo —insistió.

—Cuente, pero rápido. Ya empieza a ser tarde, incluso para acostarse.

En ese momento caí en la cuenta de que yo era, efectivamente, ateo. Y no tenía ni idea de qué coño hacía allí, escuchando a un tipo que aseguraba ser Dios.

Así que lo acompañé hasta la puerta y regresé a la cama.

Hay muchos, demasiados quizá, que creen ser Dios.

A la mañana siguiente me desperté como si nada hubiera ocurrido.

De momento, todo sigue igual.

lunes, 27 de abril de 2026

Ictus

 

Hay mañanas en las que el cerebro es un aeropuerto inservible por la niebla. Las pantallas anuncian salidas, pero ningún avión despega. Todo está preparado, la pista limpia, la torre atenta, la maleta hecha desde la noche anterior. Y, sin embargo, algo invisible impide el vuelo. El cuerpo avanza hasta la cabecera, acelera unos metros, tiembla, y vuelve a quedarse en tierra como un pájaro que hubiera olvidado el mecanismo secreto de las alas. Tampoco hay aterrizajes.

Así es, a veces, vivir después de un Ictus.

La palabra ictus tiene una sonoridad árida, administrativa, casi burocrática. Parece el nombre de un trámite. Pero ese trámite es una frontera. Un día eres una persona que se levanta y prepara el café sin pensarlo, se ata los zapatos sin conciencia, escribe un whatts, baja unas escaleras, coge el coche. Al día siguiente eres alguien que descubre que el gesto más simple como coger un cepillo de dientes, abrocharse un botón, encontrar esa palabra exacta es únicamente una quimera.

El drama no es solo perder facultades. El drama es recordar lo fáciles que parecían.

Recordar que antes todo sucedía sin esfuerzo. Que existía una armonía clandestina entre la idea y la mano, entre la voluntad y el músculo, entre el deseo y el movimiento. El cerebro ordenaba y el cuerpo obedecía con esa eficacia silenciosa, incluso la lengua. Hasta que un día se declaran en huelga.

Y entonces comienza una vida nueva que no se parece en nada a la propaganda de las vidas nuevas. Nadie sale de un ictus convertido en gurú de sí mismo. No hay música inspiradora de fondo. Hay rabia, hay preguntas, hay cansancio. Está el descubrimiento humillante de que necesitas ayuda para cosas que antes resolvías mientras pensabas en otra.

También ocurre un fenómeno curioso, los demás te miran buscando tu alma cuando tú solo querrías recuperar tu coordinación, te importa tres pepinos tu alma. Te preguntan cómo estás anímicamente, y tú querrías contestarles que el alma puede esperar, que ahora mismo el problema es que la pierna y el cerebro han roto relaciones diplomáticas y no se hablan ni se escuchan.

El ictus convierte el cuerpo en el mundo moderno.

Una mano vota una cosa y la otra vota otra. La lengua declara la independencia de las palabras. La pierna convoca referéndums inesperados en mitad del pasillo. Y tú, que siempre habías sido un gobierno estable, te descubres presidiendo una coalición imposible.

Pero también sucede algo más. Aprendes la grandeza microscópica de lo cotidiano. Te levantas un día y una taza no se cae. Un pie responde a tiempo. Una frase sale entera. Escribes tres líneas sin fatiga. Y aquello que antes habría sido irrelevante adquiere la solemnidad de una victoria olímpica. Un triunfo.

Vivimos convencidos de que la vida son los grandes acontecimientos, los viajes, los amores, las celebraciones. Hasta que llega una grieta neurológica y te enseña que la vida era, sobre todo, abrir una puerta sin pensarlo. Hacer lo cotidiano de norte.

Quizá por eso las personas que hemos vivido un ictus miramos distinto. No porque sean más sabias, sino porque hemos visto la maquinaria. Y al observar que el conductor de la nave espacial que es el cerebro pude un día plantarse y querer hacer la suya, obedeciendo más bien poco, descubrirnos que en la existencia nada era automático, que cada gesto tenía ingeniería, cada palabra electricidad, cada paso una conspiración perfecta de neuronas. Una conducción serena y coordinada.

Y cuando consigues despegar después de meses en la pista, nadie aplaude desde la terminal. Poco a poco vas alzando el vuelo y los viajes cada vez son más largos, menos difíciles y la energía que gastas en ellos parece que también ecuánimes y no te dan un sueño dulce e infinito.

El día 7 de marzo padecí un ictus. Gracias a la rapidez de acción de mi compañera, la efectividad del sistema médico y que me pillo despierto, voy despegando cada día mejor.

Espero volver a volar.

viernes, 27 de febrero de 2026

Mi tierra

Una de las curiosidades de tener un blog como este durante tantos años es que, cuando observas las estadísticas, te sorprenden a menudo los posts que hoy son los más leídos y que fueron escritos hace diez años. Sin conocer el porqué y extrañado, como siempre, me hago un sinfín de preguntas al releerlos. En algunos casos me gusta lo que escribí; en muchos, no. Luego están los comentarios, de gente que pasaba por aquí como si formara una pequeña comunidad. Perdonen por escribirles tan tarde. Una vía láctea en el universo.

Un día cualquiera de esta semana miré qué se leía y estaba "Echar una mano", de 2010, en primer lugar. Lo católico no envejece, o sí. Lo volví a leer y me pareció gracioso. Aunque más gracioso me resultó el comentario de la Pequeña Rock & Roll, dueña de las palabras y de su dominio, capaz de anclar literatura en un párrafo. Y de allí salté a "El recuerdo (Del Barrio)" y, otra vez, ella, la Pequeña, enderezando los recodos de las palabras con sus comentarios. Y uno, fue como un faro para un pensamiento que llevaba días a la deriva en mi cabeza: "Ole mi tierra". No hay, quizá, nada más andaluz que un ole mi tierra o un ozú, o la aceituna, o las patatas a lo pobre, y toda su cultura y un sinfín de maravillosas cosas. Y de allí, a toda velocidad, la reflexión.

Soy un afortunadamente afortunado, y no es gracias a mí. La historia de una parte de mi familia la he contado anteriormente aquí. Mi abuelo y mi abuela fueron quienes, para dar a sus hijos y, seguidamente, a sus nietos una vida digna, dejaron su tierra esa que es auténticamente un ole mi tierra, como decía la Pequeña y emigraron, donde hoy, gracias a su coraje y a sus esfuerzos, nosotros, todos sus nietos y antes sus hijos con la misma labor, disfrutamos de un presente mejor. Ahora que mi vida está completamente aquí, al reflexionar sobre lo que debe de ser dejarlo todo y todo es todo, salvo tus esperanzas y tus hijos e irte, no me queda más que agradecérselo. Y, aunque tarde, pues ya no me pueden escuchar, lo hago por un bien mío y necesario. Egoísmo, vaya.

Unos días atrás viajé al sur, como de vez en cuando intento hacer, y sentí que allí, donde mis antepasados vivieron, también era mi tierra. Y sentí también su amor y su calidez. Y los volví a extrañar, en una añoranza un poco inexplicable por desconocer, o quizá no recordar bien, su historia. Al pisar sus calles, su pueblo y el mío ya, después de rastrear en una introspección sin capricho alguno, allí donde ellos pasearon, encontré en el fondo de mí una dignidad tan suya que casi no me pertenece.

- Debes disculparme, Pequeña -. Quería hacer un post recordando a todos los que por aquí pasabais y, especialmente, a ti. Sin embargo, el olor a melancolía de tus palabras me ha llevado por los cerros de Úbeda.

Siempre he sido un disléxico distraído.

jueves, 26 de febrero de 2026

Adicto fui

 Es curioso. La mayoría de la gente siente una pequeña tristeza cuando termina una cena familiar, una fiesta con amigos o un fin de semana en pareja. Esa especie de bajón que llega cuando se apagan las luces y alguien dice: ¡Bueno, pues ya está!. A mí me ocurre lo contrario. Cuando todo acaba, empiezo yo.

No es que no disfrute. Disfruto, claro. Río, brindo, abrazo. Pero cuando se terminan las vacaciones o la fiesta del pueblo y cada cual regresa a su guarida, experimento una sensación difícil de confesar sin que te miren raro, un alivio. Un alivio limpio, como cuando te quitas unos zapatos que no te hacían daño pero tampoco eran cómodos del todo y nunca lo serán.

El lugar donde vivo, ese espacio que parece esperarme sin exigencias siempre, y la persona que lo comparte conmigo me devuelven a una tranquilidad casi mística. La casa, cuando recupera su volumen normal, respira. Y yo con ella, inspira y expira. Hay una semioscuridad que no es tristeza sino descanso. El comedor cambia de tamaño. El horizonte, inexplicablemente, se aleja unos metros. Coge perspectiva. El mundo baja el volumen.

En el sofá hay un hueco con mi forma exacta. No lo he excavado yo, para nada, se ha hecho solo, como si el cuerpo insistiera siempre en regresar al mismo sitio. Me siento ahí y algunos pensarían que no hago nada. Pero es falso. Hago algo muy interesante, me reencuentro conmigo. Bajo del tren en marcha del mundo y me quedo en el andén viendo cómo pasa el siguiente y a veces otro, y otro, a toda velocidad. No lo detengo. No me subo. Solo lo miro. Y en ese gesto mínimo hay una rehabilitación secreta.

Mentiría si dijera que no necesito el ruido previo para llegar a este silencio. El bullicio es el trampolín. Sin fiesta no hay regreso. Sin despedida no hay sofá. Claro que echo de menos ciertos abrazos, ciertas conversaciones que se alargan hasta que la noche pierde la oscuridad.

Hubo una vez, con una chica a la que llamaré la señora de las noches ganadas, en que esa despedida tenía algo de trampa. El último beso no cerraba nada: abría una puerta. Me iba y, sin embargo, no me iba. Volvía mil veces y cuando conseguía irme, caminaba unos metros y ya estaba regresando en el recuerdo. El sabor de su aliento, ese olor imposible de clasificar, me retenía como una cuerda invisible. No era amor exactamente. Era adicción.

Un adicto fui.

Y lo más extraño es que lo supe cuando por fin pude volver a casa y sentarme en mi sofá.