Vivimos encerrados en un ascensor. Interior y sin ventanas.
A veces no percibimos si asciende, cae o decae.
Cuando uno es joven quiere ser mayor. No por ambición, sino
por cansancio. Cansancio de no ser tomado en serio, de que le pregunten la edad
como si fuera una disculpa, de vivir en una especie de prólogo interminable.
Ser mayor, para un joven, es llegar por fin al texto principal. Tener derecho a
opinar sin que alguien piense que es una ocurrencia.
Luego uno se hace mayor y ocurre lo contrario: empieza a
mirar hacia atrás como quien revisa un álbum ajeno. La juventud aparece
entonces como una habitación que se cerró sola, sin despedidas, y a la que ya
no se puede volver, salvo en sueños, añoranzas o en reflejos inesperados de un escaparate mal iluminado.
Quizás siempre deseas volver al pasado por el saber de que el tiempo no cesa y
el miedo, o por melancolía de no haber aprovechado cada segundo.
Hay señales externas de todo esto, pequeñas pistas que el
cuerpo va dejando, como migas de pan. El pelo, por ejemplo. Las muchachas
jóvenes suelen llevarlo largo, larguísimo, como si aún hubiera tiempo de sobra,
como si la vida no tuviera prisa o como si fuera el tiempo que les queda. El
cabello cae por la espalda con una naturalidad insolente igual que su juventud,
sin pensar en el cuello, ni en el calor, ni en la logística del día a día. Es
un pelo que todavía no ha aprendido a estorbar y parece y arapece salvaje.
Las abuelas, en cambio, llevan el pelo corto. ¡Siempre,
todas! Nunca por estética, por sabiduría. Han entendido que la cabeza está para
pensar y no para cargar recuerdos. El pelo corto es una forma de orden, una
declaración práctica: ya no hace falta adornar lo que ha sido vivido.
Y luego están las mujeres de mediana edad, con su media
melena. Esa longitud incierta, ni larga ni corta, como una frase que duda antes
del párrafo final. La media melena es el peinado de la transición, del todavía o
del ya veremos. No renuncia del todo a la juventud, pero empieza a negociar con
el futuro. Es un acuerdo tácito con el espejo. Un transcurrir en el asumir que
la juventud se cae por los años y lo demás por la gravedad y en el otro lado de
la moneda el conocimiento adquirido.
Tal vez no sea casual ni razonado, pero puede que el pelo
sea una metáfora que se nos escapa. Cuando somos jóvenes, queremos crecer,
estirarnos, llegar lejos. Cuando somos mayores, queremos aligerar. Quitarnos
peso. Y en medio, cuando creemos estar en equilibrio, vivimos en esa longitud
exacta que no molesta demasiado, pero tampoco entusiasma, algo práctico.
Al final, uno pasa la vida queriendo ser lo que no es en ese
momento. Y quizá madurar consista en aceptar que el deseo siempre va un paso
por delante o por detrás, por muy adentro que lo sintamos, como el pelo cuando
crece o cuando cae, recordándonos que el tiempo no se detiene, pero sí peina. A
su manera. O se deja al viento.
Algún día hablaré de crecer de los hombres. Bien, crecer, a veces únicamente
envejecer.