viernes, 6 de febrero de 2026

Tu melena

 

Vivimos encerrados en un ascensor. Interior y sin ventanas. A veces no percibimos si asciende, cae o decae.  

Cuando uno es joven quiere ser mayor. No por ambición, sino por cansancio. Cansancio de no ser tomado en serio, de que le pregunten la edad como si fuera una disculpa, de vivir en una especie de prólogo interminable. Ser mayor, para un joven, es llegar por fin al texto principal. Tener derecho a opinar sin que alguien piense que es una ocurrencia.

Luego uno se hace mayor y ocurre lo contrario: empieza a mirar hacia atrás como quien revisa un álbum ajeno. La juventud aparece entonces como una habitación que se cerró sola, sin despedidas, y a la que ya no se puede volver, salvo en sueños, añoranzas o en reflejos inesperados de un escaparate mal iluminado. Quizás siempre deseas volver al pasado por el saber de que el tiempo no cesa y el miedo, o por melancolía de no haber aprovechado cada segundo.

Hay señales externas de todo esto, pequeñas pistas que el cuerpo va dejando, como migas de pan. El pelo, por ejemplo. Las muchachas jóvenes suelen llevarlo largo, larguísimo, como si aún hubiera tiempo de sobra, como si la vida no tuviera prisa o como si fuera el tiempo que les queda. El cabello cae por la espalda con una naturalidad insolente igual que su juventud, sin pensar en el cuello, ni en el calor, ni en la logística del día a día. Es un pelo que todavía no ha aprendido a estorbar y parece y arapece salvaje.

Las abuelas, en cambio, llevan el pelo corto. ¡Siempre, todas! Nunca por estética, por sabiduría. Han entendido que la cabeza está para pensar y no para cargar recuerdos. El pelo corto es una forma de orden, una declaración práctica: ya no hace falta adornar lo que ha sido vivido.

Y luego están las mujeres de mediana edad, con su media melena. Esa longitud incierta, ni larga ni corta, como una frase que duda antes del párrafo final. La media melena es el peinado de la transición, del todavía o del ya veremos. No renuncia del todo a la juventud, pero empieza a negociar con el futuro. Es un acuerdo tácito con el espejo. Un transcurrir en el asumir que la juventud se cae por los años y lo demás por la gravedad y en el otro lado de la moneda el conocimiento adquirido.

Tal vez no sea casual ni razonado, pero puede que el pelo sea una metáfora que se nos escapa. Cuando somos jóvenes, queremos crecer, estirarnos, llegar lejos. Cuando somos mayores, queremos aligerar. Quitarnos peso. Y en medio, cuando creemos estar en equilibrio, vivimos en esa longitud exacta que no molesta demasiado, pero tampoco entusiasma, algo práctico.

Al final, uno pasa la vida queriendo ser lo que no es en ese momento. Y quizá madurar consista en aceptar que el deseo siempre va un paso por delante o por detrás, por muy adentro que lo sintamos, como el pelo cuando crece o cuando cae, recordándonos que el tiempo no se detiene, pero sí peina. A su manera. O se deja al viento.

Algún día hablaré de crecer de los hombres. Bien, crecer, a veces únicamente envejecer.