miércoles, 18 de febrero de 2026

Contemplar arte (femenino).


 Por allá el 2010 escribí esto: 

 de la belleza del cuerpo de la mujer. 

Quizá por eso, por la fotografía en el blog de la Pequeña Rock & Roll, hoy que el post estaba en los más vistos de la última semana, pensé en lo curioso que es que compartamos la misma arquitectura corporal y, sin embargo, no provoque la misma emoción. Unos pechos femeninos pueden detener la mirada durante una larga e indefinida observación mientras disfrutas del bamboleo suave. Los masculinos, en cambio, pasan desapercibidos, para mi, como si fueran un resto, una firma del origen común que el cuerpo conserva aunque ya no cumpla función.

Si yo supiera pintar, pintar bien me refiero, probablemente podría dedicarme únicamente a pintar pechos de mujer: las curvas suaves, la gravedad, la piel que no es exactamente color sino luz, el brillo el pezón y casi no me daría cuenta de nada más que el universo infinito sin descifrar que en ellos habita. Y puede que nadie se extrañaría. Forman parte de la tradición del arte desde que el primer escultor entendió que la piedra también podía ser carne y consiguió reflejarlo con maestría.


Pero si alguien pintara exclusivamente el pecho de un hombre, no sé que pensaría quien me conoce primeramente y si a más, aislara el resto del cuerpo, la gente no entendería el motivo, racionalmente. Necesitaría el conjunto, el gesto, la postura, y sobre todo, el héroe entero igual que un atleta griego, seguramente para encontrar sentido. 

Y entonces la cuestión deja de ser biológica y pasa a ser estética.


La belleza no está sólo en lo que vemos con los ojos, sino en cómo estamos educados en mirar. El arte ha enseñado durante siglos a contemplar el cuerpo femenino como símbolo de fertilidad, de vida, de origen y de refugio. El masculino, en cambio, casi siempre ha sido en la narrativa, acción, fuerza, movimiento. Uno se contempla y el otro se interpreta.

Por eso creo que, más que una superioridad de un cuerpo sobre otro, existe una diferencia en la relación que tenemos con ellos. El cuerpo femenino nos remite al inicio de los tiempos y al nuestro propio, a algo anterior incluso a nuestra memoria. El masculino nos remite al individuo, al personaje, a la historia. Uno pertenece al mundo y el otro, al relato.

Quizá no es que un cuerpo sea más bello que otro. O sí.


Quizá sea que uno nos recuerda de dónde venimos, y el otro quién quieran que seamos.

Y al final, cuando decimos que contemplamos belleza, lo que realmente buscamos no es piel, sino significado. No queremos ver un cuerpo, queremos reconocernos en él. Porque el arte nunca ha sido mirar desnudos. Ha sido intentar comprender, a través de ellos, qué somos. 

Tal y como termine el primero, mujeres del mundo, desnúdense.  

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