jueves, 20 de agosto de 2026

Patillas color ceniza.

Lo reconoció en el hipermercado, comprando pan de molde, queso y agua. ¿Agua? Hacía cola como todos los demás, con una gorra que le sujetaba hacia atrás la media melena ya canosa y tenía la piel castigada por los años y los daños, pero conservaba la misma mirada de la fotografía de aquel viejo disco que tantas tardes de invierno había sonado en el comedor de casa de sus padres, mientras su madre hacía las tareas del hogar, ella terminaba los deberes y su padre, casi siempre, estaba a punto de llegar.

Las mismas patillas, pero ahora de color ceniza. El mismo gesto de hombría, chulesco y vital. El mismo atractivo añejo y rockero de tipo duro con el que ella había soñado tantas horas perdidas, entregada a sus quimeras de niña rebelde, de chica mala, de vida de cuero, peligrosa.

Y, en aquel instante, se subió discretamente el pantalón para que le quedara bien ajustado y le realzara el culo, se desabrochó un botón de la camisa para poner sus virtudes en el mejor escaparate y se soltó el pelo, dispuesta a saltar a la arena. Por ayer. 

Y saltó.

Entablaron una conversación allí mismo, en la tienda de ultramarinos (siempre me había asombrado que un lugar donde se vendían cosas pudiera llamarse así... más tarde descubriría que la explicación era de una obviedad aplastante). La conversación continuó en el coche y terminó, ya sin demasiadas palabras, entre el pasillo y su piso.

Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando aullan las lobas, el viejo ídolo no estuvo a la altura de su leyenda. La emoción, los nervios, los años o quizá el peso insoportable de tener que competir contra su  juventud, la de él y la de ella, le jugaron una mala pasada. Sufrió un gatillazo. Algo tan terrenal que no se comprende en una estrella.

Ella lo sobrellevó lo mejor que pudo. Sin fingir. Le acarició el rostro, le quitó importancia, le dijo que aquello podía pasarle a cualquiera y procuró delicadeza al decir que no había acudido hasta allí para cerrar una fantasía guardada durante media vida. Él se disculpó con una sonrisa herida, como si acabara de descubrir que el tiempo no solo encanece las patillas y arruga la piel, sino que también desmonta, una por una y sin piedad, todas las arrogancias.

Después, con paciencia, ternura y algo de empeño, consiguieron salvar dignamente la tarde. Todo lo que se podía salvar. Aunque no fue exactamente como ella lo había imaginado.

Él le dio las gracias por haberle hecho rejuvenecer treinta años durante unas horas. Ella, bastante menos entusiasmada, le agradeció que le permitiera borrar de su lista de sueños pendientes el número uno.

Le firmó el disco y se marchó a casa, porque su mujer esperaba la compra.

Ella se quedó observando la dedicatoria durante un rato. Después guardó el disco en un cajón, comprendiendo que hay sueños que solo conservan su grandeza mientras permanecen incumplidos. Porque, a menudo, la realidad llega tarde, cansada y llena de canas, y algunos sueños, por hermosos que parezcan, son mucho mejores soñados.

Aunque a veces, no. 

lunes, 17 de agosto de 2026

Lentitud de vida.

Ayer volví a salir en la bicicleta de carretera, no para llegar a ningún sitio, sino para alejarme un poco de mí mismo. A veces me doy miedo. O acaso para encontrarme, aún no lo sé. Porque uno nunca sabe si cuando avanza huye o regresa.

Pedaleaba entre los árboles, respirando aquel silencio del bosque que no es silencio, sino una conversación que nosotros, por ir demasiado deprisa, casi nunca alcanzamos a escuchar. Un susurro. Subía lentamente igual que siempre. Muy lentamente casi cómo nunca. Y fue precisamente mi poca velocidad, esa lentitud buscada, que tantas veces maldigo  cuando tengo la necesidad de ir deprisa contra mi mismo, la que me permitió verlo.

En medio de la carretera había un pequeño gusano. Una oruga insignificante que avanzaba sin saber adónde iba, aunque tal vez la vida sí lo supiera por ella. Podía haberla aplastado. Habría bastado un segundo, unos centímetros, un descuido. Pero la vi. Y quizá por sensibilidad, quizá porque subía tan despacio que hasta los gusanos tenían tiempo de apartarse de mi destino, giré la rueda y la esquivé. ¡Me debes la vida! le grité

Continué pedaleando, pero ya no era el mismo.

Aquella criatura quedó atrás, arrastrándose sobre el asfalto, ignorante de que acababa de salvarse. No supo que mi rueda pudo ser su muerte, ni que mi lentitud fue, por un instante, su salvación. Y yo pensé que, si nada cambia, si ningún coche, ningún pájaro ni ninguna otra desgracia se cruzan en su camino, llegará un día en que deje de arrastrarse y se convertirá en mariposa.

Pero ¿Cuántas mariposas mueren antes de llegar a serlo?

La vida puede cambiar en un instante. Un gesto, una rueda, una llamada, una enfermedad, una decisión tomada apenas un segundo antes o después. A menudo ni por nosotros. Y de pronto ya no alcanzamos aquello que la vida parecía tenernos preparado. No llegamos al lugar al que nos dirigíamos. No somos la persona que quizá habríamos llegado a ser.

Tal vez vivir consista en eso: en avanzar hacia una forma que todavía desconocemos, como la oruga que no sabe que lleva unas alas dentro. ¿Todos guardamos una mariposa posible? Una promesa que puede cumplirse o quedar para siempre tendida en mitad del camino.

Seguí subiendo, despacio, con esa torpeza que tantas veces me impacienta. Pero aquel día agradecí mi lentitud. Porque gracias a ella una vida pudo continuar su viaje. O eso creo. Y acaso algún día, en algún rincón del bosque, una mariposa levantará el vuelo sin saber que una bicicleta, por muy poco, no le arrebató su destino. 

Vivir sin duda es tener vivencias.

Bendita lentitud de vida.