miércoles, 18 de agosto de 2010

En mi país.

    En mi país como en la mayoría, uno, no puede elegir cuando quiere morirse. Quiero decir; que la eutanasia no es legal. Aunque te queden tres meses de pura mierda, que sería mejor no mal vivir o tres décadas, y lo único que quieras sea descansar en paz, no puedes elegir. No existe la libertad real pues. Si te suicidas, por supuesto, no van a meterte en prisión, pero seguramente, a quien te ayude hacerlo, sí. Los más conservadores están en contra de una ley a favor de una muerte digna, y son los mismos por casualidades,  que encontramos en contra de esta nueva ley antitaurina. Llevo mucho tiempo masticando este pensamiento y cuando lo trago, nunca consigo digerirlo. Como pueden privar a nadie de acabar con su sufrimiento de vida, y a un toro, al que seguramente le gustaría seguir vivo, con la dulce rutina, lo obligan a morir sufriendo. Paradojas típicas y tópicas de este país en el que me hallo.       

martes, 17 de agosto de 2010

Elvis Presley- Always On My Mind




Fundamental respirar, inspirar y expirar.
Susurrarte al oído.
La muerte, para vivirla contigo.
Esencial alimentarme, comer y beber.
Mordisquearte el ombligo.
La vida, para matarla conmigo.
Inevitable morir, de noche y de día.
Radical, primordial, cardinal y elemental.
Contigo y conmigo.
Vivir lo moribundo y morir lo vivido.
Principal primera, pasa la puerta.
Entra en silencio para hacer ruido.
La puerta, tienes que pasar,
Porqué lo primero sea lo principal.
Life is life. Death is just death.
Vivo para morir contigo y muero,
Para vivir contigo. Muere conmigo.

viernes, 13 de agosto de 2010

La foto de al lado.



Estábamos comiendo en un restaurante. En la mesa de al lado había una familia normal (aún sin saber que es normal). Me refiero a un padre, una madre y una hija. Estaban como nosotros vacacionando, lo supuse por la cámara fotográfica y por ser miércoles.

Cuando el postre era nuestra ultima tentación, llego un padre con su niño (supongo), para comer. La única mesa vacía era la de atrás de la otra familia. Compartían respaldo de uno, de esos sillones encastados en el suelo. En aquél respaldo ancho, la mujer había dejado la cámara. El hombre que por casualidades inexplicables, si no fuera por la nociva publicidad, tenía una igual, sin girarse, dejo también la suya. La mesa de la familia normal (qué mal suena, ¡malintencionados católicos!) terminaron de comer, se levantaron y la señora agarró la maquina que no era la suya. Yo, lo vi, pero no dije nada.

El hijo, más vivo que ninguno, al acabar de comer y coger la cámara para observar las fotografías tomadas anteriormente, se dio cuenta en seguida del error y corrió a buscar a la otra familia. No los encontró. Llegó entre soplidos medio desconsolado, como si le hubieran robado parte de su cuerpo: un riñón, el hígado o hasta quizás; el corazón. Pero si sigue teniendo una cámara igual me dije, me sorprendió tanto su angustia que me di cuenta, que eran los recuerdos lo que se le habían llevado. Su padre más calmado, preguntó al camarero si conocía a esa familia. El chico amable, lo negó con la cabeza y preguntó porqué. El susodicho le explicó el percance y dejó su nombre. Se llamaba Pedro Delgado, como el ciclista. Aunque no lo era. Lo hubiera reconocido. Se fueron y allí acabo mi Thriller domestico.

Los domingos, como a dios, a mi también me gusta descansar. Tengo tiempo para leer el diario, con atención y sin prisas. Tanto lo atiendo, que en demasiadas ocasiones presto un poco de mi tiempo a las necrológicas, debe ser porqué soy un hipocondríaco. Este pasado domingo la sorpresa me sobrecogió. Muere Pedro Delgado decía el titular, el subtítulo aclaraba que no era el ciclista. Sino un importante empresario que residía en EE. UU. Al leer y releer la noticia más me apenaba. El articulo, comentaba que era un hombre divorciado y sin hijos, eso me desorientaba, que por trabajo, había tenido que ir a vivir a Manhattan. Ahora, estaba de vacaciones por aquí para conocer a su sobrino. Y que en el hotel donde se lo había hallado muerto había una nota en la que se podía leer: Me he suicidado porqué he encontrado la felicidad, aunque no sea mía. Y una cámara fotográfica encima, donde en ninguna fotografía salía él.

Desde entonces, aún no he aclarado en mi conciencia si soy o no, un asesino.

Ay, Ay por el Ay.


En los días pegajosos de playa, el calor, mal aliado, golpea con humedad lo valeroso. Pero mi hija de trece meses, intenta proseguir con su autoaprendizaje sobre lo que en su futuro (porqué ahora aún no) lo llamaremos andar. Se cae, y vuelve a levantarse una, y mil veces. Sin tregua y con entrega, con ilusión y coraje. Yo, para meterme al agua no tengo tanto valor. La vida desde pequeños nos enseña que si queremos algo, debemos trabajar duro para conseguirlo. Que nada es gratis, ni el amor de una madre. Mi hija, día a día, caída a caída, me recuerda que el futuro y la eficacia, está en el esfuerzo.

sábado, 7 de agosto de 2010

Treinta segundo de tranquilidad.

Uno cree, o eso le hacen creer, que en el mar, va encontrar una paz que durante el resto del año, se le escapa asustada por la rutina cochina. Carga el coche de trastos casi todos inútiles, y como pasa desde hace treinta o cuarenta años en España, va del campo a la playa. En un cuchitril, pequeño, anticuado y gris.
El problema es, que esa creencia como pasa con dios, la tenemos demasiados, y los pueblos costeros en cuestión, se ponen inhabitables. Porqué la gente en masa, se descontrola y empieza a olvidar las normas de civismo. Y el “yo más” toma el poder. Tu gritas “yo más”, tu meas en la calle “yo más” y así con casi todo.

Uno, toma los utensilios necesarios, que la mujer requiere para ir a la playa, yo con bañador y toalla me sobra, y se adentra en la arena como si fuera una selva de cuerpos. Hay de bonitos, feos, y la mayoría; ni chica ni limoná. Un mundo, el de la playa, repleto de micro mundos. Cada familia, pareja, persona o grupo está dentro de su biosfera privada. En un circulo reducido sin entrar si no es, para molestar, a los otros. Pero todos en conjunto forman un ruidoso circo de personas desmelenadas y sin sentido del ridículo, molestándose unos a otros. Y tú que creías que allí encontrarías la tranquilidad, te das cuenta, que debajo de agua, donde si que todo se queda en calma y en silencio, solo duras treinta segundos. ¡Maldita necesidad de respirar!