martes, 30 de diciembre de 2025

Lo que pensé

 Me gusta la música. Y muchas veces, en los tres primeros acordes por no sé que razón, me reto conmigo mismo y procuro acertar más deprisa con la boca que con el pensamiento la canción. Sin, reflexionar que la boca dice, a menudo que no siempre lo que el pensamiento, anteriormente ha observado.  

También disfruto observando a la gente. A las personas. Con atención. Intentando descifrar sus códigos internos y externos, casi como un placer íntimo. Sus gestos, sus silencios, sus formas de ocupar el espacio. Quizá ni siquiera sé por qué quiero saberlo. O tal vez sea un escudo frente a futuros próximos que solo existen en mi imaginación.

La mayoría de las veces, por no intimar demasiado, termino sin averiguar la verdad. Y por tan magnánima razón, me quedo satisfecho con mis propias conclusiones. No se consuela uno si no quiere, claro está. A veces el tiempo me confirma que todo aquello que supuse era exactamente así. Otras, en cambio, la realidad se me descose, la hipótesis se deshilacha como ese jersey viejo al que uno ama no tanto por lo que es, sino por lo que fue. Y entonces ocurre como con una buena novela: te atrapa, no te suelta hasta el final y, cuando termina, incluso te sabe mal que lo haga.

La vi y pensé…

Siempre que caminaba sola no era porque el mundo le hubiera dado la espalda, sino porque ella había decidido no necesitar casi nada. Me parecía que quería demostrar, quizá demostrarse, que así era mejor. Que la soledad era libertad. Que la ausencia de vínculos era una forma superior de plenitud.

No pedía ayuda. No porque no la necesitara, sino porque hacerlo habría roto el relato cuidadosamente construido: el de la autosuficiencia, la invulnerabilidad, completa. Prefería sostener la versión impecable de su vida antes que admitir una grieta por la que pudiera entrar alguien.

Y así avanzaba, convencida de que no le hacía falta nada, mientras el mundo, paciente, esperaba el día en que se permitiera ser menos perfecta y más vulnerable. El día en que dejara entreabierta una rendija por la que colarse a descubrirla.

Y la descubrí…

Y fallé…

Y como dice la canción… aunque solo una fuera.

PArtre II

Salimos del bar. Caminamos sin rumbo. Hablamos poco. La ciudad parecía un organismo funcionando por inercia igual que el gobierno, gente entrando, saliendo, sobreviviendo sin demasiadas preguntas sobre nada. Entramos en una tienda absurda, compramos cosas inútiles, bebimos algo fuerte. Reímos sin convicción. Todo parecía avanzar hacia algo hasta que dejó de hacerlo.

-¿Sabes qué es lo peor de la soledad? -dijo de pronto-. Que deja de doler.

-No -respondí-. Lo peor es cuando deja de doler demasiado pronto.

Se detuvo.

-No estoy aquí para que me salves.

-Tranquila -dije-. Nunca salvo a nadie.

Seguimos caminando unos metros más.

-Yo ya hice esto antes -añadió.

-¿El qué?

-Romper la rutina. Buscar intensidad. Siempre termina igual.

-¿Cómo?

-Vuelvo sola a casa.

Entonces lo vi claro. El diagnóstico final encajó sin resistencia.

-No buscabas una aventura -dije-. Buscabas confirmación.

Asintió.

-Que nada cambia.

-Error -respondí-. Lo que no cambia es el patrón. Y tú siempre eliges el mismo.

No dijo nada más. Se dio la vuelta. Se fue.

Volví al bar. Pedí otro café. Abrí el periódico. Las dos mujeres de antes seguían hablando. Ya no me interesaban.

María no había sido un caso.

Había sido un espejo.

Y como siempre, el diagnóstico llegó tarde.

No por falta de claridad, sino porque incluso sabiendo la causa, uno suele preferir la enfermedad conocida a la posibilidad, incómoda siempre de curarse.

Cerré el periódico.


El café estaba frío.

Como todo cuando ya es demasiado tarde.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Nada que perder (2.025)

 Tengo la mala costumbre de fingir que leo el periódico mientras tomo el café después de comer, en el bar de enfrente del trabajo. No leo. Nunca lo hago. Escondido detrás de él, escucho. Observo. Analizo. Las conversaciones ajenas son más honestas cuando creen no tener testigos y sobre todo en noches amenizadas con algún dulce licor. Con un par de frases mal construidas, una risa fuera de tiempo o un silencio defensivo, suelo fabricar hipótesis bastante fiables sobre vidas que no son la mía. No sé qué es la normalidad, pero sé reconocer sus grietas y caer en esos mundos paralelos creados por mi, desconozco si muy alejados de la realidad. 

Ese día estaba concentrado en dos mujeres sentadas a mi derecha. No en lo que decían, sino en cómo lo decían y como construían cada frase, palabra a palabra. Parecían convencerse mutuamente de que todo iba bien, lo cual suele ser un síntoma inequívoco de lo contrario. Estaba a punto de cerrar mi diagnóstico ya sumergido del todo en ellas, cuando alguien se sentó frente a mí.

En mi mesa.

Levanté la vista. El bar estaba medio vacío. Mala señal.

- ¿Qué tal? -dijo, mientras dejaba la taza con naturalidad, como si llevara sentándose allí toda la vida, tomando asiento.

- Bien -respondí-. Dentro de lo aceptable. ¡Gracias!

- Me llamo María.

- Luis. Encantado. -Procurando no parecer demasiado atónito. 

Nos dimos la mano. Fría la suya. Firme. Controlada. Suave.

- Estás pensando qué coño hago sentándome aquí. -dijo sin rodeos.

- Estoy pensando por qué ha elegido precisamente esta mesa. Cuando tantas hay de vacías y únicamente encuentro una respuesta: yo.

Sonrió. No pidió disculpas.

- No tienes opción -añadió.

- Siempre la hay. Y si es por compartir soledad, yo me llevo estupendamente con la mía. 

- No para ti.

- ¿Y eso?

- Tu curiosidad.

No lo negué. Sería impropio.

- Tengo media hora - dije-. Si esto es una rareza social, intenta que sea eficiente.

- No lo hago por ti -respondió-. Lo hago por mí. Y porque tú miras a la gente como si fueran pacientes mal diagnosticados.

No dije nada. Había dado en el punto exacto donde hacerme sentir esa sed insaciable de curiosidad. Pero debía saciarla rápido, el maldito trabajo me llamaba.  

- Hace casi un año que vengo aquí cada día después de comer -continuó-. Siempre me siento en la barra. Tú nunca me has mirado. Yo a ti sí. Observas a todos. Como si buscaras fallos estructurales.

- Soy vendedor de electrodomésticos.

- Eso es lo que haces. No lo que eres.

Bebió un sorbo de café antes de seguir.

- De joven era la rara. La que no encajaba. Sin amigas, sin ganas de encajar. Coche viejo, ropa equivocada, silencio como forma de defensa. Llegaba sin saludar y me iba sin despedirme. Pensé que era independencia. Era aislamiento con buena retórica.

La miré con atención real por primera vez.

- Eso no es una historia -dije-. Es un historial.

Asintió.

- Y ahora estoy aquí porque la soledad ya no anestesia la pena.

Hubo un silencio breve, denso. De los que no piden consuelo, sino precisión.

- ¿Y qué espera de mí? - pregunté -. Yo entro a comprar discos nuevos y acabo llevándome los que ya tengo, solo para no decepcionarme otra vez. No curo a nadie. Apenas me hablo a mi y eso que tengo la fortuna de estar divinamente, conmigo mismo.

- Por eso -respondió-. No prometes nada.

Pensé un momento.

- Diagnóstico provisional -dije con media sonrisa, diluyendo así la realidad y/o el error-: miedo crónico al error, camuflado de control. Tratamiento: exposición directa a lo que evita.

- ¿Cómo?

- Nos tomamos la tarde libre. Haciendo algo objetivamente estúpido. Algo que mañana no puedas justificar.

No dudó.

- No tengo nada que perder.

...


miércoles, 10 de diciembre de 2025

La noche eterna (Versión 2.025)

 




¿Cuánto tiempo es la eternidad? me preguntó, como quien deja caer una piedra en un pozo y espera oír el eco. Y yo, que nunca fui buen guardián de relojes ni de respuestas, me quedé mudo.

¿Qué importa, le dije al fin, si ambos sabemos que lo nuestro nació sabiendo que jamás sería para siempre? Y seguí hablando, como quien intenta tapar con palabras la grieta que acaba de abrir el silencio.

Unos días antes, después de demasiados encuentros casuales y que ya nadie podía llamar casuales sin sonrojarse, le propuse un pacto tan insensato como yo: ni matrimonio, ni amistad, ni promesas de domingo, ni fidelidad escrita en piedra. Únicamente adulterio. Suyo y mío. Nada más.


Una noche robada al calendario: cena, vino, una conversación que se derrama por cualquier rincón, un par de risas que se escapan sin permiso, sonrisas y entonces su ropa cayendo como si obedeciera a una gravedad distinta, la mía siguiéndola, y luego el sexo. Ese sexo desatado, urgente, excitante, con amor o sin él, qué más da, con atracción pura, con la sensación de que el cuerpo, por fin, recuerda que está vivo. Sudor, jadeos, arañazos, humedad en un ejercicio para menores de cincuenta, me dijo riendo, aunque ambos sabíamos que la fecha de caducidad era una superstición más. Sexo, simplemente. Ese que ella no tenía  desde hacía una eternidad con su marido.

A veces pienso que, en otra realidad paralela uno de esos universos perdidos por no vividos, si el encuentro hubiera sucedido unos años antes, quizá habría sido yo el marido aborrecido. La vida tiene esa costumbre, te cruza con las personas menos oportunas en los momentos más inoportunos, como si se divirtiera en probar tu equilibrio.

Seguramente por eso quería saber cuánto dura la eternidad. Pues le prometí una noche eterna. 

martes, 2 de diciembre de 2025

Del día que muera (Versión 2.025)

Al caer inerte,
sea pronto o tarde,
no perdáis el tiempo
con una oración.
Nunca creí en el incidente
de la divina creación.


Acepto mi naturaleza:

Elijo ser viento,
luz, río, árbol
o ceniza en el suelo.
Pero no cuerpo en un agujero,
ni recuerdo en un cementerio.
Tampoco alma eterna,
ni comida de larva.

 

Porque lo único seguro
que nos da el nacer
es morir.
Y así, al dejar de vivir,
prefiero ser polvo en mi tierra
que en un subsuelo celestial espera. 
No aspiro a más destino
que el que dicta la razón y la materia.

 

Que mi sustancia quede
como rastro en tu memoria,
como surco en su mejilla,
como bitácora algún día,
y como una añoranza leve,
que pasa de puntillas.


voilà qui je suis