martes, 20 de enero de 2026

Del Rock, el reggaeton y el punk

Gracias al reguetón me he dado cuenta de que me siento más europeo que nunca. No por pasaporte, sino por incomodidad y raciocinio. Porque sigo creyendo que la cultura debe molestarte. Porque me educaron en la sospecha, no en la obediencia ciega. Porque vengo de una tradición que, con todos sus errores, aprendió a desconfiar del aplauso fácil y del mensaje único. Tenemos la historia si la queremos recordar. 

La música también es una forma de educación sentimental. A veces, incluso, de deseducación, una deconstrucción constante. Por eso comparar el rock, el punk y el reguetón no es un ejercicio musical, sino moral. Y, llegado a este punto, casi antropológico. De virtud.

El rock nació con la vocación de incomodar. Hijo bastardo del blues y de la culpa occidental, aprendió pronto a hacerse preguntas: quién soy, contra qué debo luchar y por qué no lo hago, por qué todo esto duele tanto. El rock se permitió el exceso, el ego y la épica, sí, pero también la duda, la autocrítica y el fracaso. No siempre fue revolucionario, pero al menos intentó parecerlo. Pensaba antes de gritar.

El punk, en cambio, decidió que pensar era un lujo cuando todo estaba ardiendo. Y gritó. Gritó contra el sistema, contra la hipocresía, contra el futuro que no llegaba. Fue tosco, maleducado, incómodo, pero profundamente honesto. El punk no embellece nada: señala con el dedo, escupe y se va. No promete felicidad; promete verdad. Aunque duela e irrita.

Y luego llegó el reguetón. Que decir...

El reguetón no grita: babea. No cuestiona: insiste. No incomoda: degrada. Es una música diseñada para no pensar, para repetir hasta que la repetición parezca natural, normal e inexplicablemente banal. Y ahí está el problema. Porque bajo la coartada del ritmo se esconde un discurso machista, denigrante, regresivo y cavernario que ya no provoca escándalo, por sorprendente que nos pueda parecer sino costumbre.

La mujer como objeto. El deseo como dominación o la dominación como deseo que es peor. El cuerpo como mercancía, carne. Todo envuelto en una fiesta eterna donde nadie envejece, nadie reflexiona y nadie pide perdón. Únicamente balbucean. Un mundo sin conflicto porque el conflicto exige palabras, y aquí sobran. Ellas somodizadas completamente. El reguetón no es transgresor: es conservador. No rompe normas; las refuerza. Las más antiguas. Las más tristes y que les gusté?

Lo inquietante no es que exista, sino que se celebre como progreso. Que se venda como liberación algo que huele a cueva, a testosterona rancia y a poder sin matices. Que se aplauda como moderno lo que el rock y el punk llevaban décadas intentando desmontar. i ahora, abrazando a la religión, algo casi tan arcaico como sus discursos. 

El rock y el punk me enseñaron que la música puede ser un lugar donde pensar.
El reguetón, sin quererlo, me ha recordado de dónde vengo.

Y también hacia dónde no quiero ir.

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