sábado, 6 de mayo de 2017

Abrir y ver

No. No sé si he aprendido mucho, poco, o nada, de las redes sociales. Lo que sí que me he dado cuenta es, que con Instagram nos creemos fotógrafos. Con Facebook; filósofos. Con el blog escritores antes de aprender a escribir. Con twitter perspicaces. Y, con todas, queremos hacer creer que somos más felices de lo que realmente es. Sobre todo, con la vida de pareja.

Abres alguna de estas redes sociales y observas, los bien que nos sientan los años. Lo guapos que estamos, lo mucho que entrenamos, y lo mucho que los padres quieren a sus hijos y la madres, aún más… los adoran. El infinito amor que siente ella hacía él. La duda es cuánto durará ese infinito. Lo orgulloso y viril que se le ve a él a su lado. Lo hermosos que son los niños. La última compra. Los lugares tan maravillosos que visitamos. Lo tanto que nos movemos y viajamos. Nuestros éxitos y alguna calamidad, siempre que nos haga más fuertes ante todos. Las nueves únicamente si embellecen el infinito. Y, los primeros planos si no estorban al horizonte. Parece que queramos normalizar exclusivamente lo maravilloso.

Pero pasa el tiempo, y normalmente, los hombres no volvemos, viejos y más gordos, algunos calvos, más vagos, con menos humor o incluso mal humor, dejados y ellas, muchas, siguen cuidándose, guapas e interesantes y se acaba el amor ese que hace mucho ya estaba carcomido por la rutina, la monotonía y la confianza. De golpe, ahora, el pasado de todas esas redes sociales es borrado cómo gustaría hacerlo en la vida real y lo estupendo es en singular o a mucho pedir, con los hijos.   


 En fin, que de momento: Has tenido suerte de llegarme a conocer, Nena.