miércoles, 22 de mayo de 2019

¡Viva los calvos con peluca!

En los últimos treinta años no le ha salido ni una triste cana. Y cuando lo conocí, ya debía haber pasado los cuarenta. Tampoco creo, que nunca haya ido a la barbería o a una peluquería. Es calvo. Y su peluca, ese casco de pelo que con tanta devoción cada mañana se esmera en colocarse lo expone más a la evidencia y a la investigación de los curiosos por ver dónde está el final de lo falso y el principio de lo propio. Y aunque corran con el riesgo de ser descubiertos, la mayoría pierde unos segundos, en observar a fondo el felpudo.

Siempre me he preguntado si es una cuestión de felicidad. De realización personal. De ego. De seguridad. De vergüenza. Un trauma. Quizás empezó a perder pelo demasiado pronto, igual que quien pierde a los seres queridos cuando aún son demasiado necesarios y anda perdido buscándolos en cualquier sitio o en su interior. Pero la verdad es, que al levantarse, después de asearse y a lo que más intención le pone es en la colocación de esa mentira en su cabeza. Distribuyendo con mino pues no quiere ver ni un ápice de testa. Puede porqué le recuerde a su desdicha. 

Y sale a la calle. Tan orgulloso, tan altivo. Tan confiado de su melena al viento. Que no le importa si todo el mundo entrevé la verdad, porque vivimos en un mundo que sabe, nadie será capaz de no seguirle el juego. Pues cómo decía un pensador, los niños los llevamos a la guardería, los abuelos a los asilos y nos compramos un perro para hacernos compañía. 

¿Será por qué no habla? La peluca digo, y el perro también. 

viernes, 3 de mayo de 2019

Borracho yo... tururu

Sentado en la barra de un bar; tan borracho que no sabía descifrar si con quien hablaba era aquel amigo de toda la vida o una imaginación, observaba después de un largo rato de conversación tendida fantasmas por doquier. Seguro que eran personas vivas disfrutando de la oscuridad de la noche. Pero, joder, cómo se complica todo cuando el cansancio de levantar el codo domina el horizonte. 

El sitio, un bar de copas nocturno, era lugar de encuentro para todo tipo de espectros. Empecé a sentirme igual que el niño del sexto sentido cuando mi amigo, empezó a desenvolver su teoría sobre la vida fantasmagórica de las personas casadas. Cogiendo fuerza y brillo con cada muerto viviente que entraba por la puerta. La hipótesis era la siguiente: todo el mundo se cansa de la monotonía y como únicamente somos monógamos por obligación y nunca por devoción, a menudo, se siente la necesidad en muchas ocasiones agudizado por el consumismo del maldito capitalismo, de cambiar. La calcificación de las relaciones y la mudez de la conversación, activa igual que Cancer a la muerte la mentira en la vida.

De repente, entra un pececillo. Bonito. De colores. Con cara de ingenua sin serlo. Es relevante si es o no ingenua; no. No lo es. Y de golpe y porrazo, todo hombre que está allí sin saberlo, vuelve a sus ancestros y se hace cazador, recolector, pescador; primitivo. Y se alzan los párpados como lo hacen las cañas de pescar. Y de cada boca embrollada sale unas palabras a menudo descabellada, empapada de madrugada. I el pececillo que se siente acorralada y a punto de ser destripada por un montón de tiburones, huye.

Sin embargo, de día todo es distinto. Y los tiburones se vuelven pájaros. Las bocas embrolladas son palabras estudiadas y las verdades siempre a medias. Nadie quiere nada. Pero si queriendo o no, el pececillo muerde el anzuelo no dudarán un segundo en sacarlo del agua aunque eso le deje sin respirar. Pero no todo son pececillos inocentes e ingenuos.

Ni todos somos tan borrachos que los fantasmas ya sea, de noche o de día, nos pasen desapercibidos.

domingo, 14 de abril de 2019

Guitarra

¡Ay, morena!
Quien pudiera, 
Apresar con los dedos el vaivén 
Del baile de tus caderas.
Con una armonía simple.
Acariciando las cuerdas. 

¡Ay, morena!
Guitarra que nunca supe hacer sonar
Pura casualidad.
Atesoras la música guitarra,
En cada nota que al resonar 
una sonrisa florecerá.

¡Ay, morena!
Quien pudiera
En cada melodía conseguir detonar
En las curvas color madera 
Una explosión de mediodía.

¡Ay, morena!
Des del hueco de tu alma,
Guitarra, al aprender 
A tocarte, en un equilibrio increíble
Quede el imposible revocado.

¡Ay, morena!
Quien pudiera...

sábado, 16 de marzo de 2019

Soy pensamientos

A menudo soy capaz de ausentarme de mi mismo. Desconozco muy bien el funcionamiento. No sé si es que un alguien invade mi cuerpo y toma las riendas de mis actos o soy yo que salgo de él, igual que quien sale de una habitación y espero alejado a ver que hago. Lo más curioso es que todo pasa estando despierto. Consciente.

Es como moverse en un avión o en tren. Te dejas llevar hacía una situación concreta sin poder dirigir los actos. Estar dentro un autómata sin capacidad alguna de rascarte la nariz si eso es lo que realmente te viene en gana. Un impulso, una atracción incontrolable, un magnetismo dictatorial me somete a sus vaivenes igual que el mar a los marineros cuando el puerto queda lejos y la tempestad es un transito que se debe pasar de la mejor manera posible. Hay quién incluso, al jugárselo todo disfruta de la sensación, creo que no desean llegar a ancianos. Unos instintos animales se reúnen en la boca del estómago con una intensidad casi desmesurada en busca de una explosión en un equilibro tan extraño cómo la noche y el día. Donde los amaneceres y los atardeceres son tan necesarios que surgen al adentrarse en la oscuridad o al salir de ella. En un vuelo a ras de suelo al que no damos la importancia que requiere, de una nota musical bien puesta, en su lugar concreto, en el segundo preciso. Cuando algo empieza.


Después. Unos momentos después regreso a él. Como si la conciencia se volviera a sincronizar con los actos y los pies volvieran a ser mis pies, las manos mis manos y los pensamientos, siempre, siempre tan suyos. 

miércoles, 6 de marzo de 2019

El gato


Tengo un gato. Es realmente muy curioso; cómo todos los gatos supongo. Lo he encerrado en casa. No lo dejo salir nunca, pues una vez se me escapó y anduvo deambulando por esos mundos de Dios a saber con qué gatas, a saber porque tejados, durante tres días y sus tres noches. Fue entonces cuando al regresar decidí aprisionarlo entre el comedor y el recibidor.

Se pasa la horas en la ventana. Mirando al exterior con tal mirada de nostalgia que parece casi humano. Incluso, a veces, con la pata no sé si acaricia el cristal o lo restriega intentado descubrir el tacto de la libertad tan añorada. Su pulso parece detenerse al ver un pájaro volar  o desbocarse al observar un gato o una gata cruzar de un carrera la calle. Y cuando pienso que ya no soporta más la soledad es cuando maúlla igual que Kurt Cobain en The Man Who Sold The World. Yo lo observo todo sentado en mi sillón de las cuatro patas rasgadas por el estrés de los días de lluvia.

Al abrir la puerta para irme siempre lo tengo detrás frotándose entre mis piernas, cómo si me quisiera dar cariño para conmoverme y dejarlo salir sólo una vez más, para disfrutar de lo necesario. La verdad es que no lo comprendo; lo cuido, lo alimento, lo lavo, lo peino, le doy caricias, todo mi amor, tiene un collar de diamantes, un pelo reluciente y unas uñas impolutas. A menudo me gustaría poder hablar con él para comprender ese vacío que siente él, que siento yo. Pero no puede ser.

Y al salir, me veo obligado agarrarlo y forzándole a que no se escape mientras él se exalta con una furia que asusta,  incluso en alguna ocasión en esta trifulca le he pillado la cabeza con la puerta. Después vuelve hacía dentro con una resignación que me causa dolor hasta a mí. Y es entonces cuando me pregunto: ¿Se fugará algún día o se someterá a la condena? Y cuando elija cualquiera de las dos, ¿cuál será la razón?