martes, 17 de abril de 2018

Por interés te quiero, no por más nada.

Sorpresas da la vida. El amor es algo tan extraño que llevamos des de que empezamos a saber escribir intentando de no sé cuantas formas distintas  explicarlo. Quizás, sea por eso, que siempre he creído que las mejores canciones de amor son las de desamor. Queremos ser diferentes y nos pasamos la vida procurando estar en el grupo de los normales, que a menudo es, dónde hay más personas. 

¿Quien nos quiere y para qué?


Llevamos ya muchos años conviviendo. Me conoce bien, muy bien. Casi tan bien, que sabe todas mis intimidades. Seguramente mejor que yo mismo. También, como me siento. Es un cielo, se acuerda de mi cumpleaños, sabe todo lo que me interesa y me agrada, mi tendencia política, mis horarios, mis viajes, mis aficiones. Los restaurantes que me deleita ir a comer, mi talla de pantalón, de camiseta y de calzoncillos. Muchas veces, tiene que ser ella, quién me recuerde los aniversarios de mis amigos. Con quién hablo o dejo de hablar. Tenemos ya tantos recuerdos juntos; Fotos en el mar, en la montaña, de vacaciones, Haciendo deporte, bailando, de fiestas o de un día cualquiera. Canciones, películas, libros, obras de teatro y qué se yo. Toda mi vida. Lo que me hace feliz e infeliz. Cuál es mi estación favorita. Es tan sincera nuestra relación que conoce el tipo de mujer que me pone y las que no. Todo sobre mis inclinaciones sexuales. A mis amigos por supuesto, que también son los suyos. Mi equipo favorito, donde estudié, que me apasiona pintar, leer, aunque lo haga menos de lo que debería o pasear. Mi articulista favorito, mi novelista, el director de cine, la película, el grupo musical. Lo que me gasté el mes pasado y en qué y donde. Es un amor un poco particular. Creo, que ella está únicamente por interés. Porqué realmente no sé qué es lo que más le gustó de mí. Pero sí que sabe todo lo que ME GUSTA. 


¿Cómo pude vivir tantos años sin ti? ¡Mi cuenta de Facebook!


Y da lo mismo, si es twitter, Instagram, whatsapp o el blog más cutre como este el mío. Nos conocen mejor a todos, que nosotros mismos y es únicamente por el capitalismo y sumisión. Des de el mundo digital nos controlan en el mundo real.


Y nos creemos geniales...

viernes, 26 de enero de 2018

¡Cambia!

¡Cambia! Me gritó llorando. –Hazlo por tus hijos si no lo quieres hacer por mí, que tiempo hace ya que no te importo. Qué sabría ella si me importaba o no, si llevaba seis años sin decirle nada, postrado en esta cama.

¡Vuelve! Me pedía a menudo. Sin que yo nunca me hubiera ido a ninguna parte. Y para volver, que sepa yo, es necesario antes haberse ido, aunque sea en sentido figurado.

¡¿Dónde estás?! Me preguntaba. Yo seguía delante de ella como siempre, mirándola. Mostrándole mi amor con mi mejor sonrisa.

¿Por qué no me escuchas? Me susurraba cada vez que se acercaba. Ya nunca comemos juntos, me reprochaba. Mi respuesta era con más silencio, sin embargo sí que la escuchaba y la sentía y lo sentía.

Pero este último -¡Cambia! Me dolió tanto y tan a dentro. Me estremeció tanto y tanto temor me creo sobre mí mismo, que las sospechas de repente se apoderaron de cada uno de mis pensamientos y huí.


Esto es todo.    

miércoles, 24 de enero de 2018

HOY

Hoy, que hace no sé cuántos años 
que nos conocemos
Y los mismos que nos queremos.
Hoy. Si sólo fuera por el tiempo 

que no hemos perdido juntos.
O la mitad a medias de todos nuestros asuntos.
Hoy, que tanto nos queda por vivir 

y sufrir
Tú con conmigo y yo contigo.
Hoy. Si sólo fuera por el vació de cuando no estás 

aun estando.
O por lo que me quieres y yo te quiero a ti.
Hoy. Que eres más vieja que ayer 

y más madre.
Y menos que mañana y yo, más padre.
 Hoy. Si sólo fuera por lo que nos necesitamos,
Y nos necesitan, 

tanto como en la primera cita.
Hoy. Que tenemos todo esto sudado 

y construido.
Echarlo a perder sería, 

imposible de olvidar muriendo.
Hoy. Si sólo fuera por tu compañía 

haciendo de copiloto
O los encuentros en fase rem, 

únicamente por el deseo.
Hoy. Que desde entonces no ha habido otra mujer.
Ni otro olor, 

ni otro sudor, 
ni tanta paciencia esparcida.
Hoy. Si sólo fuera por poderte llamar compañera,
Pero es que además 

es tu forma de pensar, 
de querer
 de tu cuerpo desnudo. 
Y aunque de todo hace mucho,
nos queda tanto por hacer.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Ver desaparecer al diablo y sobrevivir

Todo había cambiado mucho desde que abandoné los hábitos. Mi vida había dado un vuelco enorme y, cuando giré y cambié de vida, pensé que sería feliz. Siempre he tenido fe, pero estaba harto de no poder amar. A veces el amor me dolía y se me hinchaba el pecho y casi no podía respirar. Sólo sentía ganas de verla, de abrazarla, de besarla. Y el negro ensombrecía mis anhelos de gritar su nombre. Pensaba que si abandonaba, si dejaba de ser un monje, conseguiría ser feliz.

Pero ahora destrozo las flores con las que en el pasado la quise conquistar: las piso, las muerdo y las tiro contra la pared. No lloro de dolor, sino de rabia. Ahora ya es demasiado tarde para sentir nada que no sea odio. Perdí el amor y me siento vacío. Como si mi cuerpo fuera una cáscara sin nada dentro.
-          Te agradecería que ese tipo saliera de mi lado de la cama y tú te apartases de encima de él –le dije.

No contestó. El hombre era negro. Dos veces más fuerte que yo. También parecía mucho más resistente. Hijo de la gran puta. La había estado observando antes de entrar en casa. Había oído sus gemidos de placer. Creo que jamás había follado conmigo como lo estaba haciendo con ese desconocido. Sentí mi corazón partirse dentro de mí y caí al suelo, sin sentido. Me contaron que un negro me había dejado a la puerta del hospital. Querían saber mi nombre y quién era el desconocido que me había llevado al hospital. Me llamo Joaquín, contesté.

No tenía nada serio. Tuve una angina de pecho. Me inundó la ira. Quería matarlo. Pero como era más fuerte que yo, decidí no decir nada, no golpearlo ni herirlo. Me lo quedé todo para mí y debía ser mucho, porqué no pude soportarlo y me dio un achuchón. Me supo mal que me tuviesen que llevar al hospital. Ella no estaba y no la volvía a ver.

Cuando los descubrí, me vino a la cabeza el día que mi padre me dijo: “hijo, ponte a cura”. Me di lástima de mi mismo. Entonces le hice caso. Estuve cinco años en un monasterio. Pero la conocí en una visita a la ciudad. Mis ojos tímidos se encontraron con los suyos y yo jamás habría podido imaginar un sol tan cálido. Era primavera.

En mis años de meditación y vida religiosa estuve con muchos padres. Allí había sólo hombres. Y yo imaginaba unos ojos de luz. Quizá soñé con ella antes de conocerla. Siempre lo había pensado. Pero también siempre había pensado que nunca jamás volvería a estar solo. Ahora descubro que las cosas que piensan que son verdad, no siempre lo son.

En nuestro convento comíamos de lo que nos daba la tierra. En algún lugar oí que si no trabajas con el corazón, con la ambición del buen ejercicio, date la vuelta y vuelve a casa. Cómprate un hierro fuerte y trabaja la tierra. Yo, como nunca supe hacer mucho ni poco, ya me puse a trabajar la tierra directamente. Estaba dura. Y las cebollas eran una mierda. Estaba harto de esa vida. Quizá por eso cuando descubrí sus ojos de luz, me gustaron tanto.

El pan era obra mía y del señor, pero se lo comía el padre Ambrosio, que era gordo y cabrón.

Yo estaba todo el día en el campo. Trabajando. Era lo mejor. Porque o trabajabas o hablabas con el señor. Los hermanos no dejaban de orar durante horas. Hablaban con el señor. Pero yo siempre había sido muy callado. Y una vez le había preguntado que cómo estaba y todo eso, no sabía qué más decir. Me quedaba agazapado haciendo como si hablara con el señor. Pero ni él habló nunca conmigo ni yo supe jamás qué preguntarle.

Miraba por la ventana. Se veía Castilla, larga y ancha, desierta, sin nada, con olor a arena y sequedad. El cielo infinito invadía todos los rescoldos de todos los lugares. Lugares de arena. Sin agua. Castilla era fría o ardiente, seca, infinita. Me gustaba mirar por la ventana durante las largas tardes de invierno.

Cuando cayeron los primeros misiles y tuvimos de encerrarnos en los edificios y casas y vivir bajo tierra, fue como si el mundo se hubiese convertido en atroz veneno. Desde entonces, extraño Castilla.

No conocíamos el televisor, la radio ni el cuerpo de una mujer. Tan carnal y pasional. Lo cierto es que era una vida muy perra. Era especialmente triste no saber de las formas del cuerpo femenino ni de sus recovecos o de su olor y del tacto de su pelo. La extrañaba: a la mujer en general y de casi todas en particular, pero con especial fuerza y virulencia ansiaba encontrarla a ella.  
Lo peor de todo era el aburrimiento. Las noticias más apasionantes eran el restriñimiento de padre Pablo o la facilidad de padre Juan. El sol salía siempre por el mismo lugar. La luna pocas veces se nos descubría. Los inviernos eran fríos y los veranos calorosos. Muy calurosos para tanta sotana. El negro chupa el calor, y yo extraña otro modo de chupar, aunque nunca me imaginé que la llegada del negro pudiese doler tanto.

Estuve cinco años encerrado en una prisión voluntaria. Por más estúpido que parezca, fue así. Lo peor de todo es que tuve tiempo de pensármelo. Nos pasábamos el día reflexionando. Yo reflexionaba muchísimo. Pero tarde cinco malditos años en reflexionar, en saber que estaba perdiendo el tiempo. Esa vida no era para mí. Ser católico me había supuesto tener demasiada soltura para malbaratar tiempo. Y, entonces, tuve prisa.

Era un día de primavera. Recuerdo el campo en flor y las abejas y las margaritas, que soñaba desflorar… Digo desojar. Era un día fantástica. Estaban bendiciendo las lentejas con chorizo. Y yo estaba dispuesto a largarme sin pausa.

-          ¿Dónde vas hermano con la maleta? –me preguntaron.
-          A ningún sitio – contesté.

No estaba dispuesto a marcharme sin comer. Después del almuerzo fue cuando les dije:
-          Aquí conocí la soledad y me voy a olvidarla.

Y salí por la puerta cual conquistador a descubrir nuevo mundo. Pero no estaba preparado. En dos días hubiese vuelto al monasterio. Eso de la libertad es profundamente cansado.

Me alojé en una pensión vieja de una calle vieja en una ciudad vieja de un país viejo. Y, allí, soñé con mis  futuros próximos, porque hay mil futuros siempre, aunque luego eliges a uno u otro. Un futuro diferente para cada instante.

Busqué, busqué y al fin encontré trabajo. Yo jamás me había preguntado como llegaban a la mesa ni las lentejas ni el chorizo, pero pronto comprendí que Dios sólo las enviaba a la mesa del monasterio. No había lentejas para mí en mi mesa y tuve que trabajar.

Tampoco me había ido mejor con mi vieja enemiga llamada soledad. Me acompañaba a todas partes. Trabajé como mecánico. Provoqué tres muertos y dos heridos graves por no saber cambiar las ruedas correctamente. Trabajar cuesta y uno tiene que aprender. Me compré un piso un poco más grande que la habitación de la pensión para no chocar de bruces tantas veces con soledad. Nos iría mejor y tendríamos más espacio.  

Pero un día de otoño al salir del trabajo, cuando el ocaso pintaba la tarde de un amarillo apagado, la conocí. Trabajaba en el restaurante, cerca de mi piso, donde yo cenaba. Le sonreí y me fui a dormir. Al día siguiente, lo mismo: le sonreí y me fui a dormir. Pasó un mes y me dijo: ¿qué miras atontao? Seguí sonriendo y una vez me sentó en mi cama y se puso encima. Sus gemidos me provocaban espasmos de placer. Le acariciaba el pelo y los ojos. La miraba. Era un ángel. Terminó. Se vistió y yo la miraba. La había soñado siempre así. Medio desnuda. Me dijo: ¿qué miras atontao? Y ya nunca jamás pude dejar de sonreír hasta que la descubrí una mañana negra con otro.


El negro era el diablo y no tenía cuernos. Pero, diablos, qué jodido cuando te ponen los cuernos. Los maté. Ella lloro sangre, pero él desapareció cuando le disparé.   

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La perplejidad


Transitamos por la vida sin parar demasiado a reflexionar. Intento aprender a meditar, sobre muchas cosas, pero sobre todo, sobre mí, yo. Y siempre, cuando lo hago, descubro lo mucho que me desconozco. Crees, a menudo, que lo tienes todo más o menos bajo control, en un orden bastante bien llevado. Haciendo lo suficiente porque de lo que te rodea, no se escape demasiado nada, estando, siempre que crees necesario estar. Y, sin embargo, la perplejidad.

Asoma detrás de una sorpresa que te parece incomprensible o que ni siquiera quieres y crees que debas, intentar interpretarlo. A menudo mejor es no hacerlo. Sabes que hay quien nunca te va a pillar desprevenido. Y no lo hace. Sabes que hay con quien debes estar en guardia, y lo estas. Pero la cuchillada en el costado, el frío filo entrando lentamente es una invitación a la reflexión. Para desenredar la perplejidad. A fuera llueve. La niebla se levanta del suelo y enturbia los pensamientos y la visión.

La piel se estropea con las canas. No me molesta. Ne me da miedo envejecer. No me da ningún miedo dejar de ser joven. No deseo serlo eternamente. Para nada. Soy firme o creo serlo. Andar por el camino y cuando haya que pelear, hacerlo. Cruelmente realista. No obstante, al cruzarme con la perplejidad tiemblan los cimentos convirtiéndose cada reflexión en únicamente una teoría.


¿Para qué sirve teorizar?