lunes, 18 de diciembre de 2017

Ver desaparecer al diablo y sobrevivir

Todo había cambiado mucho desde que abandoné los hábitos. Mi vida había dado un vuelco enorme y, cuando giré y cambié de vida, pensé que sería feliz. Siempre he tenido fe, pero estaba harto de no poder amar. A veces el amor me dolía y se me hinchaba el pecho y casi no podía respirar. Sólo sentía ganas de verla, de abrazarla, de besarla. Y el negro ensombrecía mis anhelos de gritar su nombre. Pensaba que si abandonaba, si dejaba de ser un monje, conseguiría ser feliz.

Pero ahora destrozo las flores con las que en el pasado la quise conquistar: las piso, las muerdo y las tiro contra la pared. No lloro de dolor, sino de rabia. Ahora ya es demasiado tarde para sentir nada que no sea odio. Perdí el amor y me siento vacío. Como si mi cuerpo fuera una cáscara sin nada dentro.
-          Te agradecería que ese tipo saliera de mi lado de la cama y tú te apartases de encima de él –le dije.

No contestó. El hombre era negro. Dos veces más fuerte que yo. También parecía mucho más resistente. Hijo de la gran puta. La había estado observando antes de entrar en casa. Había oído sus gemidos de placer. Creo que jamás había follado conmigo como lo estaba haciendo con ese desconocido. Sentí mi corazón partirse dentro de mí y caí al suelo, sin sentido. Me contaron que un negro me había dejado a la puerta del hospital. Querían saber mi nombre y quién era el desconocido que me había llevado al hospital. Me llamo Joaquín, contesté.

No tenía nada serio. Tuve una angina de pecho. Me inundó la ira. Quería matarlo. Pero como era más fuerte que yo, decidí no decir nada, no golpearlo ni herirlo. Me lo quedé todo para mí y debía ser mucho, porqué no pude soportarlo y me dio un achuchón. Me supo mal que me tuviesen que llevar al hospital. Ella no estaba y no la volvía a ver.

Cuando los descubrí, me vino a la cabeza el día que mi padre me dijo: “hijo, ponte a cura”. Me di lástima de mi mismo. Entonces le hice caso. Estuve cinco años en un monasterio. Pero la conocí en una visita a la ciudad. Mis ojos tímidos se encontraron con los suyos y yo jamás habría podido imaginar un sol tan cálido. Era primavera.

En mis años de meditación y vida religiosa estuve con muchos padres. Allí había sólo hombres. Y yo imaginaba unos ojos de luz. Quizá soñé con ella antes de conocerla. Siempre lo había pensado. Pero también siempre había pensado que nunca jamás volvería a estar solo. Ahora descubro que las cosas que piensan que son verdad, no siempre lo son.

En nuestro convento comíamos de lo que nos daba la tierra. En algún lugar oí que si no trabajas con el corazón, con la ambición del buen ejercicio, date la vuelta y vuelve a casa. Cómprate un hierro fuerte y trabaja la tierra. Yo, como nunca supe hacer mucho ni poco, ya me puse a trabajar la tierra directamente. Estaba dura. Y las cebollas eran una mierda. Estaba harto de esa vida. Quizá por eso cuando descubrí sus ojos de luz, me gustaron tanto.

El pan era obra mía y del señor, pero se lo comía el padre Ambrosio, que era gordo y cabrón.

Yo estaba todo el día en el campo. Trabajando. Era lo mejor. Porque o trabajabas o hablabas con el señor. Los hermanos no dejaban de orar durante horas. Hablaban con el señor. Pero yo siempre había sido muy callado. Y una vez le había preguntado que cómo estaba y todo eso, no sabía qué más decir. Me quedaba agazapado haciendo como si hablara con el señor. Pero ni él habló nunca conmigo ni yo supe jamás qué preguntarle.

Miraba por la ventana. Se veía Castilla, larga y ancha, desierta, sin nada, con olor a arena y sequedad. El cielo infinito invadía todos los rescoldos de todos los lugares. Lugares de arena. Sin agua. Castilla era fría o ardiente, seca, infinita. Me gustaba mirar por la ventana durante las largas tardes de invierno.

Cuando cayeron los primeros misiles y tuvimos de encerrarnos en los edificios y casas y vivir bajo tierra, fue como si el mundo se hubiese convertido en atroz veneno. Desde entonces, extraño Castilla.

No conocíamos el televisor, la radio ni el cuerpo de una mujer. Tan carnal y pasional. Lo cierto es que era una vida muy perra. Era especialmente triste no saber de las formas del cuerpo femenino ni de sus recovecos o de su olor y del tacto de su pelo. La extrañaba: a la mujer en general y de casi todas en particular, pero con especial fuerza y virulencia ansiaba encontrarla a ella.  
Lo peor de todo era el aburrimiento. Las noticias más apasionantes eran el restriñimiento de padre Pablo o la facilidad de padre Juan. El sol salía siempre por el mismo lugar. La luna pocas veces se nos descubría. Los inviernos eran fríos y los veranos calorosos. Muy calurosos para tanta sotana. El negro chupa el calor, y yo extraña otro modo de chupar, aunque nunca me imaginé que la llegada del negro pudiese doler tanto.

Estuve cinco años encerrado en una prisión voluntaria. Por más estúpido que parezca, fue así. Lo peor de todo es que tuve tiempo de pensármelo. Nos pasábamos el día reflexionando. Yo reflexionaba muchísimo. Pero tarde cinco malditos años en reflexionar, en saber que estaba perdiendo el tiempo. Esa vida no era para mí. Ser católico me había supuesto tener demasiada soltura para malbaratar tiempo. Y, entonces, tuve prisa.

Era un día de primavera. Recuerdo el campo en flor y las abejas y las margaritas, que soñaba desflorar… Digo desojar. Era un día fantástica. Estaban bendiciendo las lentejas con chorizo. Y yo estaba dispuesto a largarme sin pausa.

-          ¿Dónde vas hermano con la maleta? –me preguntaron.
-          A ningún sitio – contesté.

No estaba dispuesto a marcharme sin comer. Después del almuerzo fue cuando les dije:
-          Aquí conocí la soledad y me voy a olvidarla.

Y salí por la puerta cual conquistador a descubrir nuevo mundo. Pero no estaba preparado. En dos días hubiese vuelto al monasterio. Eso de la libertad es profundamente cansado.

Me alojé en una pensión vieja de una calle vieja en una ciudad vieja de un país viejo. Y, allí, soñé con mis  futuros próximos, porque hay mil futuros siempre, aunque luego eliges a uno u otro. Un futuro diferente para cada instante.

Busqué, busqué y al fin encontré trabajo. Yo jamás me había preguntado como llegaban a la mesa ni las lentejas ni el chorizo, pero pronto comprendí que Dios sólo las enviaba a la mesa del monasterio. No había lentejas para mí en mi mesa y tuve que trabajar.

Tampoco me había ido mejor con mi vieja enemiga llamada soledad. Me acompañaba a todas partes. Trabajé como mecánico. Provoqué tres muertos y dos heridos graves por no saber cambiar las ruedas correctamente. Trabajar cuesta y uno tiene que aprender. Me compré un piso un poco más grande que la habitación de la pensión para no chocar de bruces tantas veces con soledad. Nos iría mejor y tendríamos más espacio.  

Pero un día de otoño al salir del trabajo, cuando el ocaso pintaba la tarde de un amarillo apagado, la conocí. Trabajaba en el restaurante, cerca de mi piso, donde yo cenaba. Le sonreí y me fui a dormir. Al día siguiente, lo mismo: le sonreí y me fui a dormir. Pasó un mes y me dijo: ¿qué miras atontao? Seguí sonriendo y una vez me sentó en mi cama y se puso encima. Sus gemidos me provocaban espasmos de placer. Le acariciaba el pelo y los ojos. La miraba. Era un ángel. Terminó. Se vistió y yo la miraba. La había soñado siempre así. Medio desnuda. Me dijo: ¿qué miras atontao? Y ya nunca jamás pude dejar de sonreír hasta que la descubrí una mañana negra con otro.


El negro era el diablo y no tenía cuernos. Pero, diablos, qué jodido cuando te ponen los cuernos. Los maté. Ella lloro sangre, pero él desapareció cuando le disparé.   

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La perplejidad


Transitamos por la vida sin parar demasiado a reflexionar. Intento aprender a meditar, sobre muchas cosas, pero sobre todo, sobre mí, yo. Y siempre, cuando lo hago, descubro lo mucho que me desconozco. Crees, a menudo, que lo tienes todo más o menos bajo control, en un orden bastante bien llevado. Haciendo lo suficiente porque de lo que te rodea, no se escape demasiado nada, estando, siempre que crees necesario estar. Y, sin embargo, la perplejidad.

Asoma detrás de una sorpresa que te parece incomprensible o que ni siquiera quieres y crees que debas, intentar interpretarlo. A menudo mejor es no hacerlo. Sabes que hay quien nunca te va a pillar desprevenido. Y no lo hace. Sabes que hay con quien debes estar en guardia, y lo estas. Pero la cuchillada en el costado, el frío filo entrando lentamente es una invitación a la reflexión. Para desenredar la perplejidad. A fuera llueve. La niebla se levanta del suelo y enturbia los pensamientos y la visión.

La piel se estropea con las canas. No me molesta. Ne me da miedo envejecer. No me da ningún miedo dejar de ser joven. No deseo serlo eternamente. Para nada. Soy firme o creo serlo. Andar por el camino y cuando haya que pelear, hacerlo. Cruelmente realista. No obstante, al cruzarme con la perplejidad tiemblan los cimentos convirtiéndose cada reflexión en únicamente una teoría.


¿Para qué sirve teorizar?     

viernes, 25 de agosto de 2017

¡MECAGOENMIVIDA!

¡Mecagoenmivida! Y la vida, de momento, y hasta que la ciencia no demuestro lo contrario, es lo único seguro que tenemos. No soy periodista, ni filósofo, ni escritor. Pues con esto, os quiero aclarar que este, no será un post más. Y la vida acaba en muerte, siempre.

15 personas muertas, a esta hora, en el atentado terrorista del pasado día 17 en Barcelona. Mil millones de preguntas. Conocemos los autores, los conocemos tanto que casi son vecinos. 15 vidas porqué la noche anterior a la masacre, los explosivos que preparaban para crear mucho más terror, les estalló mientras confeccionaban “La madre de satán”. Para ellos, resultó serlo. Dos murieron en ese chale ocupado y un tercero quedó herido. A las 17 horas de la tarde del día siguiente, una furgoneta arrollaba todo a quién encontraba por delante, todos civiles e indiferente si eran mujeres, niños, hombres o… no sé, sorprendente como un ser humano puede actuar así. El terrorista huía, como si nada, cruzando la ciudad, apuñalando a un chico de 34 años para robarle el coche y continuar en su huida. A las 2 de la madrugada otros 5  terroristas, intentaban lo mismo en Cambrils matando a una señora a puñaladas. Los mossos (policía autonómica) pudieron frenarlos y darles caza, literalmente. Muertos a tiros los 5. El lunes, se da caza al huido en Barcelona, a unos 50 kms de la ciudad. Otros 2, son detenidos en Ripoll y 4 más en Marruecos.

Empieza a esclarecerse un poco el caso. El grupo está formado por 10 marroquís. 4 parejas de hermanos, con edades de 3 de 17, 1 de 19, 2 de 22, 1 de 24 y 1 de 28. Más el  imán de 42 y otro chico de 20. Todos extremadamente jóvenes, para esas atrocidades menos el imán, cerebro de la operación, con relación con algunos ya investigados por el 11-M y muerto en la explosión del chalet, junto al  terrorista de 22 años.  Chicos, todos, integrados en nuestra sociedad, con estudios y trabajo, jóvenes, con todo por delate. Los conocidos incluso, los definen como educados, atentos y al conductor de la rambla, como a una persona responsable. Leer esta carta de una educadora social de Ripoll: http://www.elperiodico.cat/ca/societat/20170822/carta-educadora-social-ripoll-6237368  ¿Qué les lleva a esa radicalización? A parte de la influencia del imán. ¿Qué les lleva, a unos chicos como tantos, a las puertas de la muerte, a sabiendas que serán cazados igual que presas, una religión? Mal interpretada. La única respuesta que creo es la eternidad. La eternidad que regla cualquier religión, la vida más allá de la vida. Son unos asesinos, eso no es discutible, pero: ¿Por qué?

¿Por qué? En los vídeos de la área de servicio de la gasolinera, o en la tienda, donde compran los cuchillos y la destral, su actitud es tan corriente, justo antes de actuar, justo antes de morir, que no da ninguna pista, ni a toro pasado de la atrocidad que iban a cometer, ¿de cómo se puede despreciar tu propia vida sin razón aparente? Seguramente, el problema es, intentar comprendérlo. Usar el raciocinio. Sus familias, ajenas a todo, incrédulas, no pueden, por la profunda vergüenza, llorar a sus muertos. No las exculpo, tampoco las culpo.

Y mientras las victimas aún están siendo identificadas, los policías haciendo su trabajo, los gobiernos; Español y Català, tienen la insolencia de dedicarse a tirarse reproches, por todo y con todo, para su rédito político, para intentar volver hacer crecer es suflé del independentismo. Para poder seguir devorando carnaza, que eso, es a lo que se dedican los que nos gobiernan. Sinvergüenzas casi todos.   
  

Hay algo en esta sociedad que no funciona, y si, esperamos a que los gobernantes lo solucionen, creo que lo llevamos fatal. Debemos entre todos, ahora que es nuestra época, porqué solo estamos de paso, intentar hacer de este mundo, un lugar más justo, mejor, conseguir que siga vivo el planeta para generaciones venideras, comprendiendo, que todos, todos, somos la humanidad que aquí habita.   

miércoles, 24 de mayo de 2017

¿Es la vida?

Gozo la suerte para mí y desgracia para muchos, de tener que madrugar. Salgo a la calle a una hora que únicamente nos encontramos los que por obligación vemos cada día amanecer. Esos minutos en que no es de noche pero aún, tampoco de día. Y todo, o casi, vuelve a empezar de nuevo.

La verdad es, que demasiadas mañanas salgo del garaje bastante dormido y me fijo en una bandera nueva, plantada en el balcón de una casa dos calles más lejos, otra más, seguramente dirán que es la última antes de ser independientes, pero ya van unas cuantas y todo sigue igual. Y, con esta, en su versión color rojo el márquetin no está demasiado logrado ya que sin quererlo te recuerda a la esvástica. Por supuesto,  eso a les seis de la mañana es un susto considerable. Así cada día.   

A lo que iba. Ayer, cruzando el pueblo, tan de repente como sorprendente, me topé con un abuelo que hacía pompas de jabón. Así, tal cual. Soplaba el círculo con pasión y volaban, cuatro, cinco, seis incluso siete pompas. Después de ver la esvástica creí estar aún demasiado dormido para entender nada. Paré el coche y me quedé mirándolo como disfrutaba como un niño con 80 i tantos. Y sin esperarlo, cerró el pote y lo dejó encima de la valla de una casa, lugar donde algún niño, seguramente después de mi recapacitación y continuada hipótesis, se lo había dejado olvidado la tarde anterior. Prosiguió con su paseo matutino como si nada hubiera pasado. ¿Quién sabe si al llegar a su casa, mientras desayunaba al lado de su señora, le contó lo sucedido o se lo guardó para él, por vergüenza o poca importancia?

La vida, a veces es un detalle. Un segundo. Un encuentro de casualidad. La vida… a menudo me pregunto :¿Qué es la vida? 

sábado, 6 de mayo de 2017

Abrir y ver

No. No sé si he aprendido mucho, poco, o nada, de las redes sociales. Lo que sí que me he dado cuenta es, que con Instagram nos creemos fotógrafos. Con Facebook; filósofos. Con el blog escritores antes de aprender a escribir. Con twitter perspicaces. Y, con todas, queremos hacer creer que somos más felices de lo que realmente es. Sobre todo, con la vida de pareja.

Abres alguna de estas redes sociales y observas, los bien que nos sientan los años. Lo guapos que estamos, lo mucho que entrenamos, y lo mucho que los padres quieren a sus hijos y la madres, aún más… los adoran. El infinito amor que siente ella hacía él. La duda es cuánto durará ese infinito. Lo orgulloso y viril que se le ve a él a su lado. Lo hermosos que son los niños. La última compra. Los lugares tan maravillosos que visitamos. Lo tanto que nos movemos y viajamos. Nuestros éxitos y alguna calamidad, siempre que nos haga más fuertes ante todos. Las nueves únicamente si embellecen el infinito. Y, los primeros planos si no estorban al horizonte. Parece que queramos normalizar exclusivamente lo maravilloso.

Pero pasa el tiempo, y normalmente, los hombres no volvemos, viejos y más gordos, algunos calvos, más vagos, con menos humor o incluso mal humor, dejados y ellas, muchas, siguen cuidándose, guapas e interesantes y se acaba el amor ese que hace mucho ya estaba carcomido por la rutina, la monotonía y la confianza. De golpe, ahora, el pasado de todas esas redes sociales es borrado cómo gustaría hacerlo en la vida real y lo estupendo es en singular o a mucho pedir, con los hijos.   


 En fin, que de momento: Has tenido suerte de llegarme a conocer, Nena.