viernes, 16 de agosto de 2019

Tiro de zapatilla

Son largos los veranos: De adulto parecen eternos. De niño, infinitos. Hubo un tiempo, cuando las sombras querían escapar, que jugar, era el placer absoluto. Corazones impolutos de lo absurdo de la rutina. Un festín cada día de calor, cada día sin escuela. El buceo más parecido a la libertad. Sin embargo, los padres, son quién dan campo ancho a todas esas historias inagotables. Ellos, aguantan hasta el hartazgo cumplidos los cuarenta, la fuente inacabable de energía que es un crío en verano. Pero llega el día, en que el sometimiento de los niños a las ordenes paternales y maternales, se diluye en la agudeza, la pubertad y la necesidad de creerse emancipado. Después, el tira y afloja es constante.

Sobre todos estos problemas emerge otro: La fuerza y la agilidad del vástago supera a la de los progenitores. Es aquí, justo en este preciso instante, que aparece el famoso: Tiro de la zapatilla. Apenas hace daño, normalmente son de esparto o goma y no hieren más que al corazón. Desconozco a quién le duele con mayor grado; al hijo o la madre, que es quién normalmente lleva la ejecución. Es la acción de la impotencia. Del perder el domino y el control. De descubrirte superado por quien enfrente te lanza el desafío sin miedo a perder. Por la incomprensión de la sublevación a la única persona que todo le has dado. Sin concebir que únicamente, es ley de vida.



Los y las hay que con una mano apuntan y con la otra disparan. También quien tira sin apuntar pero con una mala leche casi toxica. Otros por sorpresa. Algunos más rápidos que en el viejo oeste. Incluso, los hay que cierran un ojo como cuando en la feria, apuntan con la escopeta de perdigones para conseguir una muñeca chochona o una botella de cava. 


Y sin saber muy bien por qué, quizás porqué el niño se convierte en adulto, el tiro a la zapatilla, acaba. Cómo terminan tantas cosas al dejar atrás la infancia.

Son largos los veranos: A veces por infinitos, a veces por eternos. Hubo un tiempo, cuando las sombras querían escapara a jugar al placer absoluto y los corazones impolutos huyan de la absurda rutina; Con festín cada día de calor. Cada día sin escuela. Después, el buceo más parecido a la libertad y a la felicidad con cada historia que se mostraba inagotable, escapando del sometimiento de la vida. 

martes, 6 de agosto de 2019

Chilla, que teiemblen

Hay humanos que tienen la desagradable costumbre a mi entender de socializar. Tu hijos hacen una actividad extra escolar, pues a final de curso se tiene de hacerse una comida aún a sabiendas que nadie se lleva bien con nadie. O en la comunidad de vecinos si no es una macro comunidad; Lo mismo. O en el trabajo. O en el gimnasio. O en la familia. Prefiero no seguir. Es decadente. Cómo decadente es convivir sin contarse nada. Sin mojarse. Sin decir el porqué de algunos actos que chillan tan alto, que asusta.

Hubo un tiempo, que me creí invisible. No lo era. Pero mi necesidad de creerlo era tan bonita, que lo creí. Igual que quién cree en Dios, en Alá o que sé yo que ser superior. Iba por los callejones adoquinados creyéndome invisible. Me tomaba una cerveza creyéndome invisible. En el trabajo, a menudo, me creía invisible. Estaba graduado en la invisibilidad. Era un protección. A los ojos del mundo, a los atardeceres, a los amaneceres, a las tardes tontas, al verano, al otoño, al invierno, a la primavera, a casi todo era invisible. Y mi fe, que por aquél entonces, parecía eterna, ahuyentaba los fantasmas. Hasta que un día igual que se rompe una pompa de jabón explotó mi invisibilidad y de repente, todos, me volvieron a ver o a recordar y el súper poder de la invisibilidad desapareció de una forma tan sorprendente y esporádica como había llegado.

Es verano. Y cómo que ya todo el mundo me volvía a ver, entre ellos mi compañera, una noche tonta de calor, follamos. Con las ventanas abiertas. Yo no es que sea un buen torero y se entienda torero como macho ibérico, amante increíble y salvaje, pero esa velada hubo una buena corrida y entiéndase corrida por corrida. Y con una actitud rockera conseguir hacer chillar a mi compañera.  Cosa nada fácil para un mindungui como yo a menudo.  con mucho sudor.   Sin para nada recapacitar, volviendo al principio, que la noche siguiente teníamos cena socializadora de vecinos.  

Y mientras, estábamos sentados,  entre la aceituna y la cerveza y cómo no podía ser de otra forma, saltó el vecino gracioso y dijo:
-¡Que anoche! ¿Hubo verbena?- Eso a voces, entretanto una sonrisa se le iba dibujando.
-¿ Por qué? Pregunté yo con mi mejor cara de ingenuo.
- ¡Por cómo chillaba tu mujer, jajajajaja!- Gritó él.
Me lo miré serio. Me la miré a ella con un rostro de sorpresa al más puro estilo película a blanco y negro, y solté: -No lo sé. yo es que no estaba.


Después, el silencio.