Hay mañanas en las que el cerebro es un aeropuerto inservible
por la niebla. Las pantallas anuncian salidas, pero ningún avión despega. Todo
está preparado, la pista limpia, la torre atenta, la maleta hecha desde la
noche anterior. Y, sin embargo, algo invisible impide el vuelo. El cuerpo
avanza hasta la cabecera, acelera unos metros, tiembla, y vuelve a quedarse en
tierra como un pájaro que hubiera olvidado el mecanismo secreto de las alas.
Tampoco hay aterrizajes.
Así es, a veces, vivir después de un Ictus.
La palabra ictus tiene una sonoridad árida, administrativa,
casi burocrática. Parece el nombre de un trámite. Pero ese trámite es una
frontera. Un día eres una persona que se levanta y prepara el café sin
pensarlo, se ata los zapatos sin conciencia, escribe un whatts, baja unas
escaleras, coge el coche. Al día siguiente eres alguien que descubre que el
gesto más simple como coger un cepillo de dientes, abrocharse un botón,
encontrar esa palabra exacta es únicamente una quimera.
El drama no es solo perder facultades. El drama es recordar
lo fáciles que parecían.
Recordar que antes todo sucedía sin esfuerzo. Que existía
una armonía clandestina entre la idea y la mano, entre la voluntad y el
músculo, entre el deseo y el movimiento. El cerebro ordenaba y el cuerpo
obedecía con esa eficacia silenciosa, incluso la lengua. Hasta que un día se
declaran en huelga.
Y entonces comienza una vida nueva que no se parece en nada
a la propaganda de las vidas nuevas. Nadie sale de un ictus convertido en gurú
de sí mismo. No hay música inspiradora de fondo. Hay rabia, hay preguntas, hay
cansancio. Está el descubrimiento humillante de que necesitas ayuda para cosas
que antes resolvías mientras pensabas en otra.
También ocurre un fenómeno curioso, los demás te miran
buscando tu alma cuando tú solo querrías recuperar tu coordinación, te importa
tres pepinos tu alma. Te preguntan cómo estás anímicamente, y tú querrías
contestarles que el alma puede esperar, que ahora mismo el problema es que la
pierna y el cerebro han roto relaciones diplomáticas y no se hablan ni se
escuchan.
El ictus convierte el cuerpo en el mundo moderno.
Una mano vota una cosa y la otra vota otra. La lengua
declara la independencia de las palabras. La pierna convoca referéndums
inesperados en mitad del pasillo. Y tú, que siempre habías sido un gobierno
estable, te descubres presidiendo una coalición imposible.
Pero también sucede algo más. Aprendes la grandeza
microscópica de lo cotidiano. Te levantas un día y una taza no se cae. Un pie
responde a tiempo. Una frase sale entera. Escribes tres líneas sin fatiga. Y
aquello que antes habría sido irrelevante adquiere la solemnidad de una
victoria olímpica. Un triunfo.
Vivimos convencidos de que la vida son los grandes
acontecimientos, los viajes, los amores, las celebraciones. Hasta que llega una
grieta neurológica y te enseña que la vida era, sobre todo, abrir una puerta
sin pensarlo. Hacer lo cotidiano de norte.
Quizá por eso las personas que hemos vivido un ictus miramos
distinto. No porque sean más sabias, sino porque hemos visto la maquinaria. Y
al observar que el conductor de la nave espacial que es el cerebro pude
un día plantarse y querer hacer la suya, obedeciendo más bien poco, descubrirnos
que en la existencia nada era automático, que cada gesto tenía ingeniería,
cada palabra electricidad, cada paso una conspiración perfecta de neuronas. Una
conducción serena y coordinada.
Y cuando consigues despegar después de meses en la pista,
nadie aplaude desde la terminal. Poco a poco vas alzando el vuelo y los viajes
cada vez son más largos, menos difíciles y la energía que gastas en ellos
parece que también ecuánimes y no te dan un sueño dulce e infinito.
El día 7 de marzo padecí un ictus. Gracias a la rapidez de acción de mi compañera,
la efectividad del sistema médico y que me pillo despierto, voy despegando cada
día mejor.
Espero volver a volar.
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