- ¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?
Tengo el hábito, cuando soy yo quien domina el mando a distancia, de acabar siempre en canales de documentales. La temática me da bastante igual: el abanico es lo suficientemente amplio como para pasar del Antiguo Egipto a la reproducción de la gallina americana o a la cosecha de la lechuga iceberg sin despeinarse.
Una de esas tardes tontas, en uno de esos canales, hablaban del oxígeno y de su poder, valga la redundancia, para oxidarlo todo.
Quizá por eso, por el oxígeno, o como quien busca una excusa, las relaciones también se oxidan. O tal vez sea el tiempo quien las deteriora y, como sucede con las personas, algunas envejecen mejor que otras. En ese desbarajuste conjunto, la razón y la sinrazón acaban encontrando sentido.
Y a veces, en mi caso, a menudo, uno mete la pata.
Aunque esta vez no fui yo quien la metió, sino un vástago. Pero la mierda, una vez el pie está dentro, huele igual o peor que si la hubiera pisado uno mismo. En la oxidación de las relaciones, los roces gruñen, el orín crea una costra y el aire huele a moho.
Cuando el zapato lleno de mierda sale de la defecación, siempre hay dos opciones: limpiarlo (o tirarlo) o ir enmerdándolo todo por donde pases. Uno puede cometer el error de pisar un zurullo, lo que no hace falta es echar vinagre sobre la herida, sino procurar curarla. Sin olvidar el error, aprendiendo de él y sintiéndolo mucho.
Pero cuando no eres tú quien ha cometido el error, sino un hijo compartido, el asunto se complica. El debate está servido. La moral, esa cosa que cada cual carga y predica como puede, se convierte en un cruce de trincheras, consejos de madre o de padre y viejos proyectiles de antiguas guerras frías volviéndose a lanzar.
Ella sostiene que es peor un beso que un idilio de seis meses sin roce.
Yo pienso justo lo contrario.
Ella dice que no la hemos educado para hacer eso.
Yo creo que de los errores se aprende, y que a veces incluso son sanos y sanadores. Sin que la educación tenga nada que ver.
Ella afirma que la monogamia es un farol y un mal negocio, aunque la defiende si hay acuerdo.
Yo solo sostengo el acuerdo.
. Después de convivir largo tiempo y exigir tardes enteras más sexo en la pareja. Para intentar quitar oxido. Ella reclamando cariño para lo mismo. Y ahora casi por sorpresa, pide libertad para vivir la sexualidad con más énfasis.
Y entonces la reflexión me estalla en la cabeza como una verdad incómoda:
—¿Debo entender, entonces, que con otro tendrías más ganas?
Los zapatos están limpios.
Mi retoño empieza, poco a poco, a aprender a higienizarlos.
Fregando las pisadas.
Porque, al final, el mismo oxígeno que oxida es el que nos mantiene con vida.
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